DE LA ITALIA PRIMITIVA A LA DE NUESTROS DÍAS


El primer rey godo que gobernó los pueblos de la península itálica fue Odoacro, a quien sucedió Teodorico, después de vencer en la batalla de Ravena. Teodorico reinó más de tres décadas, y se preocupó de estrechar los lazos entre los romanos y los nuevos pueblos. Fomentó las obras públicas, ordenó la restauración de obras de arte y protegió el incremento de la cultura, pese a que él no sabía escribir y se valía de un molde para dibujar su firma.

Desde las lejanas regiones escandinavas, después de haber errado durante más de un siglo por Europa, se asomaba a los Alpes un pueblo bárbaro, los longobardos, quienes conquistaron las tierras venecianas, tomaron a Pavía y extendieron su dominio por toda Italia.

Los longobardos eran arríanos, es decir, cismáticos del cristianismo y discípulos de Arrio, el heresiarca libio. Aunque no tardaron en volver al seno de la Iglesia, el Papa no veía con agrado su avance, que amenazaba la seguridad de Roma; por tanto pidió auxilio a Carlomagno, rey de los francos. Éste derrotó a los longobardos y los sujetó a su regia voluntad; poco después el Papa lo coronó emperador romano en la basílica de San Pedro.

Empero, no tardó en originarse una gran lucha por la supremacía entre el Papado y el emperador.

Carlomagno dio a Italia una organización semejante a la de Francia: dividió el país en distritos, de los cuales los fronterizos llamábanse marcas, de donde proviene la designación de marqués, aplicada al señor de cada uno de ellos. Nació así el régimen feudal en Italia. Las tierras estaban divididas entre los poderosos, quienes debían obediencia únicamente al rey, pero en lo demás eran señores absolutos; vivían en castillos rodeados de altos muros y sus diversiones favoritas en tiempos de paz eran la caza y los torneos o luchas entre caballeros armados. El cultivo de los campos estaba en manos de los aldeanos, hombres míseros, reducidos a la categoría de siervos de la gleba, o esclavos de la tierra, puesto que, si bien gozaban de ciertos derechos civiles, no podían independizarse de su labrantío.

Poco después de la muerte de Carlomagno, su imperio se fragmentó en varios estados, uno de los cuales fue el reino de Italia; esta primera dinastía nacional concluyó en medio de la anarquía y el caos, provocados por las luchas de los señores feudales entre sí. Las invasiones de los bárbaros por Oriente y las correrías de los piratas árabes pusieron en constante peligro la vida y la hacienda de los habitantes de la península itálica, cuya soberana, Adelaida, reclamó el auxilio de Otón I de Sajonia, llamado el Grande, quien la desposó y se coronó rey de Italia. Con posterioridad acudió Otón en ayuda del Papado, y entonces se coronó emperador en Roma. Quedó así instaurado el Sacro Imperio Romano-Germánico. A causa de un conflicto provocado por la excesiva intromisión del emperador en los asuntos eclesiásticos, depuso Otón al papa Juan XII y convocó un sínodo que declaró traidor al pontífice y lo sustituyó por un fiel vasallo del monarca, que ascendió al trono papal con el nombre de León VIII y fue depuesto pocos meses después. Quedó así inaugurada la guerra de las investiduras, que habría de prolongarse durante casi todo el siglo xi. Entretanto, una penetración pacífica había dado origen a la formación de un nuevo estado: el Milanesado. Los recién llegados eran normandos, entre los cuales sobresalió Roberto Guiscardo, duque de Puglia y Calabria, quien logró hacerse dueño y señor de Italia meridional. Los normandos apoyaron a la Santa Sede en su lucha contra el Sacro Imperio.

En tanto arribaron a Italia los primeros normandos, a comienzos del siglo xi. se cimentaba en el norte de la península la casa de Saboya, cuyo jefe fundador fue el conde Humberto Biancamano. Los Saboya, con el correr de los siglos, habrían de lograr la unificación de Italia y reinarían sobre ella. Pero entonces su casa reducíase al antiguo territorio, a ambos lados de las vertientes alpinas.