La atomización de Italia en reinos, principados y repúblicas


Caídos los Hohenstauíen, emperadores de Alemania que rigieron en las ciudades italianas a través de la autoridad delegada en los podestá. el territorio de Italia se transformó en un verdadero mosaico político: reinos, señoríos, principados y repúblicas, surgieron por doquier y mantuvieron entre sí constantes luchas por la respectiva supremacía, las que en algunas regiones trajeron consigo la destrucción total de varias ciudades, tal como aconteció en la Lombardía. Los comerciantes, a quienes semejante estado de cosas arruinaba progresivamente, se unieron entonces y contrataron podestá mercenarios para mantener siquiera la sombra de una autoridad. Pero muchos de estos se proclamaron tiranos, y vidas y haciendas se vieron sometidas a su entero capricho.

Entre los estados que alcanzaron en este borrascoso período decisiva preponderancia, hállase la República de Genova, que llegó a dominar el Mediterráneo ejerciendo en sus aguas hegemonía absoluta. Fundó colonias en Oriente, y sostuvo una lucha sin cuartel contra Venecia, su rival. Ésta ocupó a poco el lugar de Genova, y el dominio de! comercio pasó a sus manos. Su expansión mercantil sobrepasó la alcanzada por Genova: fue uno de sus hijos, el célebre Marco Polo, quien descubrió para los europeos el misterioso mundo encantado de China y Japón.

También Florencia fue un emporio comercial, donde regían la vida de] Estado poderosos banqueros, quienes. por haber distraído parte de su tiempo en la restauración de obras de arte de la antigüedad, o en la protección a los artistas contemporáneos, hicieron de ella una de las ciudades más bellas del mundo, comparable a la Atenas clásica. Entre estos mecenas destácanse los Mediéis, especialmente Cosme y Lorenzo el Magnífico.

Otros de los estados poderosos eran el ducado de Milán y los Estados Pontificios, regidos por el Papa. Comprendían Roma, Campania, el ducado de Spoletto y algunos territorios más. El reino de Nápoles, como vimos, había pasado a formar parte de la corona real aragonesa. Así dividida la península, no es posible hablar de una historia de Italia. Bien puede decirse que durante tres siglos y medio Italia no tiene historia propia; sus vicisitudes son las de los estados más poderosos, y éstas se reducen, por lo general, al cambio de señores.

Carlos VIII de Francia se adueñó de Florencia, el feudo de los Médicis, contra quienes había predicado el fraile Savonarola, muerto en la hoguera; César Borgia se propuso formar un reino con el auxilio de su padre, el papa Alejandro VI, uno de los pontífices de peor fama que recuerda la historia, contemporáneo y amigo de Maquiavelo.

Posteriormente, Carlos V de Alemania y I de España, llamado "el emperador de Occidente", rivalizó con Francisco I de Francia en intentos de apoderarse de los estados italianos. Después de duras batallas, las más de ellas reñidas en la península itálica, como la de Pavía, librada en 1525 y fatal para las pretensiones del monarca francés, Carlos V fue coronado por el Papa emperador de Italia. La guerra fue continuada por los sucesores, Felipe II de España y Enrique II de Francia, pero su resultado confirmó el dominio de España sobre Italia durante siglo y medio. El Milanesado, Nápoles, Sicilia, Córcega y Cerdeña fueron regidos por el gobierno español. Venecia logró mantener su libertad, y más aún, luchó junto a don Juan de Austria, almirante de la flota española que humilló para siempre el estandarte de la Media Luna en la batalla marítima de Lepanto.

Otro pequeño reino, el de Piamonte, logró mantener su independencia, sustrayéndose a la ambición de sus poderosos vecinos, los franceses, merced a la enérgica entereza de su duque Victorio Amadeo II; tomó parte en casi todas las guerras europeas, y acrecentó poco a poco su territorio, sin perder su independencia ni aun cuando el predominio español sucedió a la dominación austríaca.

La guerra de sucesión al trono de Austria ofreció al Piamonte la ocasión de dar nuevas pruebas del valor y la tenacidad de sus habitantes.