LA HISTORIA DEL OJO


El sentido que vamos a estudiar es el de la vista, cuyo órgano, como sabe todo el mundo, es el ojo. Este sentido es el más importante y maravilloso de todos por muchos conceptos. Lo es desde luego para los fines de la vida práctica; porque es más necesario ver que oír o gustar u oler. Ser ciego es una desgracia mayor que ser sordo. Los progresos que los seres vivientes han realizado en el transcurso de las edades han dependido, en gran parte, del desarrollo de la visión, y hemos visto ya que la región cerebral de este sentido es tanto mayor cuanto más elevado es el animal en que se considere. En la especie humana es mucho mayor que en otra especie animal cualquiera.

La visión es también de la más alta importancia para ponernos en relación con el mundo en que vivimos, así como para atender en él a nuestras necesidades. Si no viéramos, poco sabríamos de la tierra que habitamos y tan sólo conoceríamos al sol por el calor radiante que nos envía; y todos los restantes cuerpos celestes nos serían enteramente desconocidos, desde nuestra diminuta luna hasta los millones y millones de estrellas. De la vista depende, pues, nuestro conocimiento del mundo existente más allá de nosotros, y por este hecho nuestros ojos son dignos de especial respeto. A diferencia de los otros sentidos, los ojos nos ponen en comunicación directa con lo más atractivo del mundo. Un hombre de los más grandes que han existido, Manuel Kant, decía que había dos cosas que lo llenaban de espanto: el sentimiento de duda dentro de la mente de los hombres y los cielos estrellados encima de nosotros. Empecemos, pues, por estudiar cómo, en el transcurso de los tiempos, los seres vivientes han ido desarrollando los ojos, por los que nos es dable contemplar el cielo estrellado.

La historia del ojo es en extremo interesante. Hace muy pocos años, hubiéramos empezado tal historia por la del ojo de los animales, y a nadie se le hubiese ocurrido que se tuviese que decir algo de los ojos o la vista de las plantas; pero recientemente se ha descubierto que la vista, en cierto modo, no es exclusiva del mundo animal. Los ojos tienen una antigüedad mayor que los vertebrados, y los más antiguos pertenecen a las plantas. Si, pues, hemos de comprender la estructura de nuestros ojos, debemos empezar por estudiar la de órganos mucho más antiguos y sencillos que ellos y que todo órgano de nuestro cuerpo.

Los ojos de las plantas son muy sencillos. Las partes verdes de una planta, y principalmente las hojas, están destinadas a recibir y aprovechar la luz que sobre ellas cae. Luego en las hojas de las plantas es donde encontramos sus ojos. Experimentos sencillos, hoy día hasta la saciedad repetidos con plantas de muy diferentes clases, demuestran que de un modo u otro la hoja es particularmente sensible a la luz.

Por ejemplo, si la dirección de la luz cambia, la hoja no tarda a su vez también en mudar de orientación, hasta que la luz cae de lleno sobre su superficie; y hay hojas que hacen este cambio tantas veces como cambia la dirección de la luz. Quizá nos formemos una idea equivocada de la cuestión, si nos imaginamos que la hoja ve la luz; pues aunque en el fondo es así, esta clase de visión es muy sencilla, tan elemental que es, a lo sumo, comparable a la primera visión del niño recién nacido.