LOS CAMELLOS Y SUS PARIENTES AMERICANOS


En el Corán, que es el libro sagrado de más de doscientos millones de mahometanos, describe Mahoma al camello como un ejemplo de la sabiduría de Dios. Muchos hombres, muchas tribus y aun naciones e imperios han expresado su conformidad con esta opinión.

Para las poblaciones de Oriente, tan densamente habitadas, el camello ha sido el único medio animado capaz de transportar al hombre y sus mercancías de un extremo a otro de los tan dilatados y desolados desiertos de abrasadora arena.

No puede precisarse la época en que empezó a utilizarse el camello, pero desde luego fue en la prehistoria. En un pergamino que cuenta más de tres mil trescientos años se cita a este utilísimo animal. Los calurosos y áridos terrenos del Cercano Oriente, así como las más frías y ásperas extensiones del Lejano Oriente, han hecho al camello necesario para la vida humana en esas regiones.

Los desiertos de África y Arabia, y las estériles estepas del Asia Central, representan para los orientales lo que los océanos Atlántico y Pacífico son para nosotros. Nosotros tenemos los barcos. Los camellos son los barcos de ellos. Las caravanas de camellos son sus flotas, y sus conductores son los navegantes.

Todos los grandes desplazamientos de pueblos en la antigüedad, tanto en empresas guerreras como en corrientes migratorias, pudieron realizarse gracias al concurso del camello. En las escenas del Antiguo Testamento siempre aparecen los camellos; galopan a través de las páginas de la Biblia. Job fue “el hombre más poderoso de Oriente” porque, además de sus bueyes y rebaños de ovejas, poseía tres mil camellos.

La deslumbrante cabalgata de la reina de Saba a Jerusalén se realizó a lomos de camellos, y camellos eran también los que transportaban las mercancías a los puertos del Mediterráneo, para desde allí distribuirlas por Occidente. Y aun hay más: los conductores de camellos nos han legado una interesante literatura.