INGLATERRA, SU SIGLO DE ORO Y SU GRAN IMPERIO COLONIAL


Mientras reinó María, su hermana Isabel, la hija de Ana Bolena, consciente del peligro que corría en su calidad de protestante, tuvo que contemporizar con ella, ya que a merced suya estaba; pero cuando, a la muerte de María, se vio dueña del trono, al que subió acompañada del favor popular, desplegó la política que era de esperar de sus ideas y de su temperamento e imprimió un nuevo rumbo a los sucesos. Isabel había heredado el talento de su padre; era, como él, instruida, tanto que a los quince años tradujo al latín, al francés y al italiano cierto devocionario compuesto en inglés por su madrastra Catalina Parr, y más adelante supo contestar en griego a los discursos universitarios; de igual modo que Enrique VIII, se mostró voluntariosa y altiva, y de la energía y entereza de su varonil carácter nos dan idea cabal estas palabras que dirigió en Tilbury a sus soldados: "Aunque contempláis en mí a una débil mujer, tengo el corazón de un rey, y de un rey de Inglaterra". No es de extrañar, pues, que esta mujer se impusiera en breve a todo el mundo. Fue su reinado el reverso de la medalla del de su hermana María. Avanzando un paso más en el camino emprendido por su padre, que parecía contentarse con un "catolicismo sin Papa", implantó francamente el protestantismo en Inglaterra, reprimió con mano dura las intentonas de los papistas; fomentó la rebeldía de los Países Bajos contra España, con cuyo rey Felipe II hubo de sostener una guerra marítima a la que Hawkins y Drake dieron carácter pirático, y viendo o pretextando ver en todas partes conspiraciones contra su trono y contra su propia vida, manchó su reinado con actos tan execrables como la ejecución de María Estuardo, que, indefensa, llegó a ponerse en sus manos. Era María hija de Jacobo V de Escocia y nieta de Jacobo IV, quien había tenido por esposa a Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII. Casada con Francisco II de Francia viose obligada, cuando murió su marido, a regresar a su reino, donde el catolicismo de que hacía gala originó revueltas que dieron lugar a su destronamiento y prisión. Logró fugarse del castillo de Lochleven y, perdido. en Lengside toda esperanza de recobrar su corona, se refugió en la corte de Isabel, la cual fingió acogerla bajo su protección; pero en realidad forjó el designio de deshacerse de ella porque constituía un peligro para el trono. Así, en la primera ocasión que pudo aprovechar para acusarla de conspirar contra ella en connivencia con Felipe II y los católicos, la hizo juzgar por un tribunal que la condenó a muerte, y la infortunada reina de Escocia fue sacrificada a las miras políticas de Isabel. Ésta se negó siempre a casarse, porque, según decía, "sólo debía ser esposa de su pueblo". De su reinado se muestran orgullosos los ingleses, pues señala el siglo de oro de su literatura; florecieron entonces ingenios tan esclarecidos como Shakespeare, Spencer y Sidney, y en él comenzó el verdadero poderío marítimo de Inglaterra, por las audaces empresas piráticas de osados marinos, como Drake, Hawkins y Raleigh.