Las minas submarinas y el radar defienden los puertos


La defensa de los puertos fue siempre una de las mayores preocupaciones de los países marítimos. Para ello se han arbitrado en todos los tiempos medios de acuerdo con el adelanto de las armas de guerra. Antiguamente se tendían en las bocas del antepuerto cadenas de gruesos eslabones; después, cuando la potencia de los barcos de vapor las volvió inútiles, se suplantaron con gruesas vigas de hierro sostenidas por espigones. A estas defensas las inutilizó la invención del submarino y el torpedo. Entonces se acudió a las minas submarinas.

Son éstas de tres clases: de contacto, de observación y magnéticas, pero todas están formadas por depósitos de hierro, huecos, para que puedan flotar y en su interior se aloja la carga explosiva. A fin de retener las minas en una profundidad conveniente, se las amarra a un ancla aferrada en el fondo del mar.

Los sistemas de explosión de las minas varían según el tipo. En las de contacto sobresalen unas cápsulas o caperuzas de plomo que contienen un depósito de vidrio, lleno de un acide especial. Al chocar el barco contra alguna de estas caperuzas, la aplasta y rompe el depósito de ácido; éste si derrama sobre una batería de cinc y carbón que está en el fondo de la cápsula y se produce una corriente eléctrica, la cual pasa a un hilo de platino que está en la carga, lo pone incandescente. y éste da así fuego al material explosivo.

Las minas de observación funcionan también con igual mecanismo pero la incandescencia del hilo se origina por una corriente eléctrica enviada desde la costa por medio de un cable sumergido. Un observador establece el momento exacto en que el barco enemigo está al alcance del poder explosivo de la mina y entonces deja pasar la corriente que produce la explosión.

Las minas magnéticas -el tercer tipo- funcionan sin contactos, por la sola proximidad del barco. Encierran un mecanismo magnético, que mueve, por inducción, la proximidad ele la masa de acero del barco y produce corrientes eléctricas y la consiguiente explosión. Además, las más modernas de estas minas, cuando el barco está a cierta distancia, se acercan a éste atraídas por el magnetismo y explotan contra el casco.

A pesar de su eficacia, estas minas no siempre dan los resultados requeridos, pues existen muchos inventos para anularlas. Por ello se recurre en la defensa de puertos al radar, maravilloso invento puesto en práctica en la última guerra, que permite localizar cualquier barco, en plena noche o a través de la niebla, y además reconocerlo como amigo o enemigo a una distancia de cientos de kilómetros. Por otra parte, el radar es una gran protección contra aviones De esta manera, el aviso del radar permite movilizar las defensas, dirigir los disparos de los cañones y hacer explotar las minas en el momento que se considere oportuno.

Sin embargo, la defensa de los puertos no se concreta a protegerlos contra los ataques enemigos durante la guerra, sino también contra los elementos naturales, tempestades, corrientes marinas y mareas, que muchas veces son tan temibles como los barcos de guerra enemigos. Los constructores de puertos se ingenian para que el oleaje y las corrientes marinas no perturben la tranquilidad de las aguas dentro de las radas, y lo consiguen por medio de escolleras y compuertas que sirven como muros de contención. Además, otro verdadero peligre son los bancos de arena, que arrastrados por las aguas, pueden obturar por completo la entrada de un puerto v volverlo inútil o dificultar su uso por todo el tiempo que se requiera para remover esas enormes masas de arena que las aguas depositan, lo que sólo evita un constante dragado con naves construidas para tal propósito.

El ingenio del hombre todavía no ha descubierto ningún medio más adecuado para proteger la entrada dolos puertos contra el avance de la arena, pero las dragas, cuya potencia aumenta con el progreso de la técnica, alejan todo el peligro de que un puerto sea definitivamente clausurado por la acción del mar. Por ello, La preocupación de los ingenieros es evitar otros inconvenientes derivados de las condiciones atmosféricas. Los vientos son también un enemigo común de los puertos. En general, en las costas siempre soplan vientos más o menos fuertes, de los cuales es necesario proteger a los barcos anclados. Para ello hay dos medios: construir los puertos artificiales en lugares naturalmente resguardados, o bien rodear las instalaciones portuarias con edificios o plantaciones de árboles que detengan los vientos La orientación del puerto también es ríe suma importancia, pues, aparte de la dirección de los vientos, deben tenerse en cuenta las corrientes marinas. Por ello, no iodos los lugares se tan para las construcciones ruarías, y en muchísimos kilómetros de costa a veces resulta casi imposible construir puertos adecuados. Felizmente, la técnica viene en ayuda del hombre, y. como ya vimos, algunos de los adelantos logrados en la guerra servirán para que en la paz muchos pueblos puedan disfrutar del comercio marítimo gracias a los adelantos en la construcción de puertos.

La disposición de los muelles es la resultante de numerosos factores. Los más de ellos particulares para cada puerto, es decir, locales. Las más de las veces, los muelles se han ido construyendo a medida que la necesidad de ellos se iba notando: de aquí que la posición y la forma de un muelle han sido determinados por la necesidad de aprovechar esta u otra circunstancia. En general se puede decir que, cuando el aprovechamiento de espacio debe se grande, los puertos se dividen en docks, y estos a su vez se subdividen en dársenas por medio de muelles o diques, paralelos a la costa, en forma de dedos que avanzan en el agua, a los cuales pueden abarloarse los buques por ambos lados. De estas formas cada una tiene sus propias ventajas.