El tranquilo, suave y amable deslizar de la vida en París


París tiene miles de cafés; los principales están situados en los grandes bulevares. Cuando el tiempo lo permite, las anchas aceras se ven en gran parte ocupadas, delante de los cafés, bares y confiterías, por mesas y sillas, donde una verdadera multitud pasa sus horas de ocio en la contemplación de los mil y un tipos característicos de la gran ciudad. El turista recibe entonces una impresión notable y real del carácter de la vida cotidiana en las calles parisienses. En algunos de esos cafés han nacido no pocos de los movimientos literarios, políticos, pictóricos y filosóficos de Francia; entre ellos cuéntanse el enciclopedismo, surgido en las tertulias mantenidas por Diderot y D'Alambert, y más próximo a nuestros días, el existencialismo de Sartre.

Si continuamos nuestro paseo por los bulevares parisienses, habremos de llegar a los que, en las márgenes del Sena, ofrecen otro típico ejemplar de la capital francesa: los puestos o cajones de libros viejos. Allí, con suerte, el bibliófilo puede dar con una edición agotada, con una lámina rara, o simplemente adquirir por pocas monedas una novelita simple para leer en el metro o el ómnibus.

También veremos a orillas del Sena a pintores, con sus boinas y corbatones bohemios, en su artístico afán de trasladar a la tela el cambiante colorido del río en el crepúsculo.