La piel considerada como órgano de la respirarción


En algunos animales de orden inferior, la piel es un órgano importantísimo para la respiración. Es en ellos tan delgada que el intercambio de gases entre la sangre y el aire (lo cual en animales superiores acaece por medio de pulmones) se verifica por toda o parte de la superficie de su cuerpo. El hombre difícilmente puede respirar por la piel, aun cuando a veces parece verificarse un ligero cruce de gases a través de los poros de las glándulas sudoríparas o productoras de sudor.

Aunque la piel es impermeable al agua -mientras la capa exterior o epidermis no reciba daño- ciertas sustancias, disueltas en grasa o aceite, pueden ser frotadas sobre ella y así penetran por los poros de las glándulas arriba citadas. Por este procedimiento se toman varios medicamentos llamados en tal caso de uso externo. Muy a menudo se usa con los niños, al darles así aceite de hígado de bacalao. Otro de los modos de hacer penetrar determinados elementos por la piel, es por medio de la electricidad, con la cual se pueden hacer pasar diferentes drogas al interior del cuerpo. Es tal la sensibilidad de nuestra piel, que si la exponemos al frío podemos enfermar más o menos gravemente, y así el mejor remedio para evitarlo es abrigar nuestro cuerpo; sin embargo, la parte más sensible y delgada de toda nuestra piel es la que cubre

el rostro; mas el hábito de llevarla al descubierto hace que aun exponiéndola a los mayores fríos, no “pesquemos un resfriado”, como vulgarmente decimos. Lo mismo sucede con las manos. Inversamente, la piel de las plantas de los pies es muy gruesa y dura -haciendo gran contraste con la piel del rostro-; llevando el hombre los pies generalmente calzados, la hace tan sensible como la de cualquier otra parte de su cuerpo, a pesar de su dureza y espesor; así vemos que cuando nos mojamos las plantas de los pies nos resfriamos casi siempre.

Todos hemos visto en pueblos y ciudades niños que corren descalzos de pie y pierna bajo la lluvia y entre el barro de las calles y caminos, sin que por eso su salud se quebrante en lo más mínimo. De ello se desprende una gran lección. Siempre que la piel pueda desempeñar libremente y sin embarazo sus funciones naturales, aun en medio de intensos fríos, nunca enfermaremos, pero habituada a estar cubierta de grado o por fuerza, pierde la facultad normal de su propia conservación, en todas las partes del cuerpo. Si una persona sana se acostumbra a andar con muletas, pronto sus piernas perderán el vigor y será incapaz de servirse de ellas. Si tomamos todas las noches un medicamento para dormir, la fuerza de la costumbre hará que no podamos conciliar el sueño sin tal narcótico. Si otros piensan por nosotros, no tardaremos mucho en volvernos incapaces de discurrir. Si preservamos la piel del frío, se incapacita ella misma en cierto grado para protegerse de los bruscos descensos de temperatura.

Es ésta una importantísima regla por demás sencilla, libre de excepciones y, sin embargo, tan menospreciada, a pesar de ser el mayor auxiliar higiénico para conservar la salud del cuerpo. Nos preparamos la comida de modo que no tengamos que hacer casi uso de los dientes; y aun hay algunas personas que rehuyen comer la corteza del pan: ¿cabe, pues, extrañarse de que se nos echen a perder los dientes? Nos valemos de los ascensores, y nos maravillamos de encontrarnos sin aliento si alguna vez, por averías del aparato, nos vemos obligados a subir a pie las escaleras de la casa. Y así sucesivamente respecto al ejercicio de otros órganos del cuerpo; olvidando que el esfuerzo es la ley de la vida. Hay un dicho muy hermoso que brotó de los labios de uno de los más grandes hombres que han existido, el artista italiano Leonardo de Vinci: Tú ¡oh Dios! has dado al hombre todas las cosas buenas al precio de su trabajo. Quería significar con ello que la indolencia actual en soportar la acción de la Naturaleza hace que tengamos cuidados excesivos con nuestro cuerpo y no permitamos que se acostumbre a resistir el calor del sol ni el frío del invierno, pues tenemos condenada la piel a la inacción, haciéndola así débil e impotente para soportar tales fenómenos climáticos.