EL ENCANTO MÁGICO DE LA TELEVISIÓN


Los hombres han sentido desde muy antiguo el deseo de poder ver los sucesos que en un momento dado ocurren en lugares lejanos. ¿Quién de nosotros no sintió alguna vez ese deseo? ¿Quién no ha tenido la necesidad de estar, de pronto, junto a seres queridos alejados de nuestro lado? El teléfono y la radio fueron el resultado de esta inquietud, que llevó a la ciencia y a la técnica a la creación de elementos tan útiles. El teléfono y la radio vinieron a llenar en la vida diaria una finalidad muy importante, permitiendo, por intermedio de esos puentes invisibles que son las ondas electromagnéticas, el acercamiento de los individuos y de los pueblos. Pero esto no fue suficiente; los hombres querían más. No les bastaba con oír la voz, la música, provenientes de lugares distantes: querían ver los hechos; y una vez más se cumplió su deseo gracias al poder mágico de la televisión.

Hoy esta ilusión es una realidad, una realidad vulgar, podríamos decir. Ello hace que quizá deje de sorprendernos, pero no cabe duda de que quien se detenga un instante a pensar y valorar los inmensos esfuerzos que originó su creación, sabrá descubrir la belleza que encierra esta fantasía convertida en realidad.

Si realizáramos un viaje imaginario por las partes internas de un aparato de televisión, ya sea un transmisor o un receptor, o si pudiésemos ver cómo funciona cada una de sus partes, comprobaríamos con asombro cuan innumerables son las tareas que realiza esa partícula de electricidad negativa llamada electrón. Es que la televisión es efectivamente una maravilla electrónica.