Movimientos revolucionarios que precedieron al ejército libertador del Perú


Durante trescientos años la dominación española se prolongó en Perú sin mayores cambios. Fue sólo al comenzar el siglo xviii, y durante todo su transcurso, que la vida pacífica de los virreyes sufrió sobresaltos. Estallaron entonces varias sangrientas rebeliones indígenas y se descubrieron muchas conspiraciones de criollos. Entre los movimientos armados aborígenes se cuenta el del cacique Tampu Ajsu, que fue prontamente ahogado en sangre. En cambio, tuvo más suerte el inca José Santos Atahualpa, que se proclamó descendiente de los antiguos hijos del Sol y gobernó en la región de las sierras durante más de una década, sin que los españoles lograran atraparlo y reducirlo al cautiverio.

Pero la gran rebelión de los humillados descendientes de Huiracocha se inició en 1780. Un hombre de estirpe solar, José Gabriel Condorcanqui (Inca Túpac Amaru), que unía a las virtudes de su raza la inteligencia despierta y el conocimiento de la cultura hispánica, proclamó la guerra santa contra el poder que oprimía a sus hermanos de raza. Desde Tungasuca, sede de su cacicazgo, enviados secretos recorrieron los caminos del antiguo Tahuantinsuyo procurando la adhesión de los pueblos a la empresa. Toda la sierra andina, desde Colombia hasta el Tucumán argentino, se convulsionó. Las fuerzas del virrey fueron derrotadas por las masas indígenas, y durante varios meses Túpac Amaru fue efectivamente quien retuvo el poder en la vieja tierra de sus antepasados. Pero el león español no tardó en dar la embestida final, y entonces todos los sueños del inca y las esperanzas de su pueblo se quebraron. Túpac Amaru pereció en el tormento, pues fue condenado a ser descuartizado vivo por cuatro caballos que tirarían de sus miembros en sentido opuesto. Se dispuso el exterminio de todo su linaje, incluso sus hijos de corta edad, para eliminar toda simiente de la antigua monarquía inca; pero algunos lograron escapar a la sentencia. Inca Túpac Amaru no soportó en vano su martirio: la justicia del requerimiento indígena fue reconocida por la Corona, que determinó la creación de una nueva Audiencia en el Cuzco y suprimió los corregidores, funcionarios que se caracterizaron por los abusos que ejercían sobre los indios. Un régimen más humano favoreció a los humildes, y por espacio de dos décadas pareció haberse logrado la paz definitiva. Empero, al despuntar el siglo xix la revolución americana iluminó los horizontes del continente: en Buenos Aires, en Bogotá, en Quito, surgían las llamas de un fuego sagrado que pronto habría de consumir también al Perú.