Ya en los tiempos modernos, trajes sencillos y cómodos


En la segunda mitad del siglo xix aparece la máquina de coser, elemento que ha de revolucionar el arte del vestido al poner al alcance de las elegantes un instrumento de alto valor para la confección de las ropas.

Hasta aquí, al hablar del traje lo hemos hecho refiriéndonos casi exclusivamente a los pueblos europeos y, de éstos, a los occidentales, pues de ellos deriva nuestra civilización. Varios capítulos requeriría referirse a los trajes de todos los pueblos del mundo y a su evolución histórica; por eso solamente hicimos algunas consideraciones generales al respecto. Nos resta agregar ahora que las clases sociales más poderosas eran las únicas que podían permitirse modificar sus vestimentas de acuerdo con los dictados de la moda, imponiendo su personalidad o sus gustos, cosa imposible para el pueblo en razón de su incapacidad económica. Por eso los trajes populares, típicos de cada región, se han mantenido sin modificaciones sustanciales durante largos años. Sólo cuando sobrevienen los cambios económicos y sociales del siglo xix, con el maquinismo y el encumbramiento de la burguesía y de la clase media, van desapareciendo las diferencias exteriores en el traje.

La moda masculina varía notablemente: desaparece el calzón corto, reemplazado por el pantalón, ancho primero y luego más angosto, que cae sobre el empeine. Se imponen la americana, el traje deportivo, el calzado cómodo y fuerte, y el cuello blando. Desaparecidos el miriñaque y el corsé, el vestido de la mujer se simplifica para adaptarse a las necesidades de la agitada vida moderna, y lo mismo sucede con el peinado. Finalmente, el vestido responde a la estructura física y a su misión funcional, marcando la cintura y la cadera.

En nuestra época, el hombre, con las barbas rasuradas, cabellos cortos y trajes sencillos, luce varonil y elegante; la mujer, con ropas cuyas líneas se han adaptado a la gracia de su silueta, ha ganado en soltura, atractivo y distinción.