Los indios y los gauchos también aprendieron de los baguales maniobras de guerra


La colonización del Nuevo Mundo y su civilización habrían sido imposibles sin el caballo. Los conquistadores decían en sus crónicas que para penetrar en los países descubiertos y dominar a sus salvajes pobladores, su único socorro, “después de Dios”, estaba en sus caballos, y gracias a ellos fueron colonizados la Patagonia y el Lejano Oeste de Estados Unidos; y justamente es en estos países en donde todavía tiene importancia el ser buen jinete.

No es mucho el tiempo que ha pasado desde que se modificaron las ultimas manadas de baguales cimarrones en Argentina. “Los baguales cimarrones de antaño andaban -dice el doctor Ramos Mejía- organizados en manadas numerosas, con el brioso padrillo a la cabeza. Cuando divisaban caballadas mansas, domesticadas por el trabajo civilizado, las embestían con simulado furor, y luego, pasando por entre sus filas a galope tendido, las llamaban y acariciaban con bajos relinchos de afecto, las alborotaban, y confundidas y mezcladas se las llevaban para siempre”. Atacaban en columnas cerradas, para constituir por el empuje de la masa una fuerza irresistible...; en el momento del contacto giraban a escape y entraban con asombrosa ligereza por uno de los flancos, con ciego empuje, tan ciego, que el padre de Parra, al verlos maniobrar, decía “que se estrellaban contra las mismas carretas”. Cuando algún ruido los sorprendía, se dejaban venir en tropel de grandes proporciones, arrasando como un torrente cuanto encontraban a su paso.

El autor citado ha reconocido que la táctica de la caballería india y gaucha se asemejaba extraordinariamente a la. descrita táctica empleada por las bagualadas cimarronas. Si nos fijamos bien, esto no tiene nada de extraordinario, y es muy lógico: los indios y gauchos, en contacto permanente con la Naturaleza, buenos observadores por lo tanto, veían los excelentes resultados obtenidos por aquéllos en sus ataques a las tropillas mansas, y los imitaron en sus guerras, comprobando su eficacia.

El caballo criollo argentino se parece mucho a su antepasado, el antiguo caballo español; es tal vez un tanto pequeño, pero en cambio es fuerte, sobrio e inteligente. Bien plantado sobre sus jarretes, galopa horas y horas sin fatigarse; reconoce a su amo, arredra al extraño, repunta la tropilla y rastrea la mirada. El gaucho argentino de antaño, solitario y nómada, desamparado en las soledades infinitas de los llanos sin límites, no tuvo mejor amigo que su caballo criollo, a cuya experiencia se fio, salvándose en más de una ocasión. La mejor prueba de lo que vale el caballo criollo se tuvo cuando dos animales de esta raza, llamados Mancha y Gato, conducidos por el jinete Aimé Tschif-fely, hicieron el largo viaje desde Buenos Aires hasta Nueva York, resistiendo admirablemente los más severos cambios de clima y todo género de fatigas y de peligros. El caballo criollo ha mejorado enormemente con la domesticación. Le está pasando lo que ha pasado ya con otros caballos. La domesticación durante muchas generaciones hace que el caballo se vaya adaptando, cada vez con mayor facilidad, a todos los menesteres que el hombre requiere de él.

Un buen ejemplo es ver cómo aún hoy día las condiciones del ambiente afectan a los caballos. En efecto, los acostumbrados a una alimentación abundante y a vida fácil, son de cuello largo, con cabeza liviana y hermosa; cuando su vida es dura, las cabezas son fuertes, con poderosas mandíbulas. Los petisos o ponies de Noruega y de Islandia presentan por eso una diferencia, a pesar de ser del mismo origen. Los noruegos son tan grandes de cabeza como los salvajes; la razón es que su vida en invierno es muy difícil, por los malos pastos, que exigen fuertes mandíbulas. Los de Islandia tienen cabezas lindas y cuellos delgados, gracias a que en invierno se los alimenta con pescado, en lugar de los duros pastos de los noruegos. Los caballos de terrenos duros tienen vasos muy fuertes; en cambio, los de terrenos blandos los tienen débiles.

Con los cuidados del hombre, el caballo ha progresado tanto de cuerpo como de cerebro. Como vemos en las esculturas de la Grecia antigua, los griegos tenían dos tipos de caballos: los de cuellos gruesos, con cabezas pesadas y perfil curvo, o acarnerado, y otros más esbeltos, del tipo que se llama oriental, o sea parecidos a los lindos caballos árabes. Este último tipo es, precisamente, el que ha hecho camino en los centros de civilización.

Nuestros más grandes caballos son de mayor talla que cualquiera de los antiguos; nuestros caballos más ligeros, lo son más que los más veloces de los antiguos. Existen en la actualidad muchas razas de caballos.