Remotos antecesores de nuestros falderillos


“¡Ah!, pero ésos no son verdaderos perros”; dirá alguien. Cierto; pero los antepasados de nuestros perros, sean grandes o chicos, de utilidad o de lujo, fueron animales muy semejantes al lobo y al chacal, y sin duda tan salvajes como ellos, y hasta es muy probable que algunas de las razas domésticas tengan algo de sangre de lobos en sus venas.

En primer lugar, el hombre, como dejamos dicho, era entonces enemigo de estos animales, que, por su parte, lo eran también de aquél. Sin duda, al hallarse hambrientos, le declaraban la guerra; y era natural que estuviesen dispuestos a darles batalla. Cuando quisieron atacarlo, pronto debieron de conocer que era inútil hacerlo uno a uno. Cuando el hambre aprieta, todos los miembros de la familia canina saben unirse en masas compactas. Se sienten así mejor preparados para atacar a la caza mayor. Sin duda fueron muchos los hombres que debieron de perecer víctimas de estas manadas; porque aun ahora mueren bastantes todos los inviernos, en Rusia y en América del Norte, devorados por los parientes de nuestros falderillos: los terribles lobos.

Pero poco a poco debieron de sentir los animales de épocas pasadas la superioridad del hombre. Era más diestro, andaba y corría de otro modo. Es verdad que con sólo dos piernas, su marcha no podía competir con la del perro, pero no es menos cierto que sin dejar de correr, le quedaban en libertad brazos y manos, con los que podía llevar armas. Érale, pues, fácil manejar un palo o una tosca lanza, o bien recoger una piedra y lanzarla, causando con ella una herida mortal.