No es nada sencillo estudiar el lenguaje de animales tan feroces como los leones


Sabemos, sin embargo, que el león ruge con voz de trueno para aterrorizar a su presa o para retar a combate a otros leones; pero cuando los machos hablan con las hembras, emplean un rugido apacible, y hacen al objeto de sus amores ese dulce ronquido peculiar a todos los felinos. No es más fácil de describir el lenguaje de los tigres; pero la siguiente anécdota nos dará de él una idea. Hace ya algunos años, un hombre que se hallaba descansando, después de un día de caza, en la India, sintióse de repente aplastado contra el suelo, y, al recobrar el conocimiento, observó horrorizado que un tigre corpulento lo llevaba suspendido de sus fauces. Lo transportó de esta suerte a una distancia de dos kilómetros y medio, depositándolo, por fin, en el suelo. El infeliz tenía destrozado un hombro y no se atrevió a moverse, si bien se las ingenió para asir su fusil con la mano derecha. La tigresa, pues era una hembra, levantó la cabeza y lanzó un grito suave y prolongado. Contestáronle de un matorral cercano, del cual salieron al punto dos cachorros, hijos suyos, que acudieron presurosos, dando saltos. Ciando vieron al hombre tendido a los. pies de su madre, asustáronse de un modo terrible. Pero ella empezó a rugir con dulzura y a atraerlos con suaves ronquidos, y cogiendo al cazador con los dientes, lo zarandeó sin violencia y empezó a pasárselo de una garra a otra, como acostumbran hacer los gatos con los ratones. Decíales, sin duda, con la voz y la acción, que se acercasen a devorar al hombre. Por fin, tras de mucho vacilar, aproximáronse, y empezaron con sus menudos dientes a mordiscarle las piernas, hasta que el cazador logró, con disimulo, levantar el fusil y matar a la tigresa de un tiro en el corazón.

Los tigres amansados maúllan para llamar a sus domadores, y roncan de satisfacción cuando aquellos les contestan. Producen un sonido cuando solicitan agua, y otro distinto cuando lo que desean es comida.

 Si vemos a media docena de muchachos reunirse, juntar todos las cabezas y separarse después para ejecutar cualquier maniobra, supondremos al punto que han convenido algún plan. Pues bien, lo mismo se nos ocurre pensar cuando vemos que ciertos animales ejecutan movimientos análogos. Viose en una ocasión a dos zorras descender por un estrecho valle rocoso, detenerse en el fondo del mismo y, después de juntar las cabezas, como si algo se dijesen, esconderse una de ellas en un matorral y remontar la otra la ladera que acababan de bajar. De allí a poco viose venir una liebre a toda carrera, perseguida de cerca por la zorra que se Había marchado; pero como pasara con la velocidad de un relámpago por el lugar donde la otra zorra estaba oculta, arrojóse esta última sobre la liebre un segundo después de lo debido, y ésta logró escapar. Entonces la segunda zorra detúvose al llegar donde estaba la primera, expresó su contrariedad por medio de un gruñido de rabia, y atacó a la torpe que' Había hecho fracasar el plan concebido por ambas.