La Pasión


Vamos al templo graves y pausados
Los que de Dios tememos la justicia,
Cual gente absorta en lúgubre noticia
Que de improviso oyeron anunciar.
No aguardemos el son de la campana;
No lo consiente .el rito doloroso:
Cual la mujer que llora al dulce esposo,
Las vestiduras son del viudo altar.

Cesen los himnos, los misterios santos
En que desciende por divina influencia,
Trocando el pan, guardando su apariencia,
La víctima inmortal de paz y amor.
Se oye un cantar, aquel lamento sacro
Que Isaías extático lanzaba
El día en que su espíritu abrumaba
Desde lo alto fatídico terror.

¿De quién habláis, historiador profeta?
¿Quién es que ante el Eterno brotar debe,
Como en árida tierra tallo leve
Brota lejos de fresco manantial?
Este flaco saciado de ignominia,
Cuyo semblante cubre abyecto velo,
A quien hirió con su anatema el cielo
Como al más vil, al último mortal,

Es el Justo inmolado por los reos,
Sin resistencia, sin abrir los labios;
Es el Justo, y del orbe los agravios
Dios sobre su cabeza derramó;
Es el Santo, el Sansón profetizado,
Que libra al pueblo hebreo con su muerto,
Que a esposa infiel su cabellera fuerte
De buena gana arrebatar dejó.

Él, que sentado está sobre el empíreo.
Quiso de Adán ser hijo, y por hermanos
Adoptando a los míseros humanos,
Su herencia compartir no desdeñó:
Sentir quiso el oprobio, el desconsuelo.
Y las angustias que la muerte entraña,
Y el terror que a las culpas acompaña,
Él, que jamás la culpa conoció.

Probó repulsa en su oración humilde,
Probó del Padre acerbo desamparo;
¡Oh asombro! de un traidor que le era caro
El abrazo mortífero sufrió:
Y esta alma vil, sumida en las tinieblas
Del primer homicida, en fiera lucha,
Sólo el clamor de aquella sangre escucha.
Tarde advierte la sangre que vendió.

¡Oh asombro! el torpe vulgo con sus befas
Procaz ultraja aquella faz divina,
Ante quien todo el cielo allá se inclina
Y en quien nadie la vista osa poner:
Cual del ebrio la sed aumenta el vino,
Con las ofensas el rencor se irrita;
Y al mayor de los crímenes lo incita
De los pasados el feroz placer.

No penetró de Roma el juez soberbio,
Mirando al pie del tribunal profano
Al hombre justo, que el judío insano
Arrastraba cual víctima al altar,
No penetró quién fuese el mudo reo;
Mas por sí temeroso el presidente,
Sentencia fulminando al inocente,
Útil creyó su indemnidad comprar.

Sube al cielo en su pena concentrado
El clamor de una súplica insultante,
Los ángeles se cubren el semblante,
Dice Dios: “Cual pedís, así será.”
La sangre que los padres imprecaron
Sobre la triste descendencia llueve,
Y aunque de siglo en siglo se renueve,
De la cabeza echarla no podrá.

Apenas sobre el lecho de dolores
Reclina la alma frente el afligido,
Y levantando aterrador gemido
Exhalar el aliento se lo ve;
Mientras en torno huelgan sus verdugos,
Truena el furor de Dios sobre la loma,
Desde la altura ya en acecho asoma,
Cual diciendo: “¡Aguardad! No tardaré.”

¡Oh gran Padre! merced al que se inmola.
Apagúese de tu ira el vivo fuego,
Y del pueblo deicida el voto ciego
Convierte ¡oh Dios benigno! en su favor.
Caiga sobre ellos, sí, la sangre aquella,
Pero sea cual lluvia que los lave:
Todos erramos; este baño suave
A todos purifique del error.

¡Y tú ¡oh madre! que al Hijo soberano
Expirar en la cruz inmoble vistes!
Ruega por todos, reina de los tristes,
Que lo podamos en su gloria ver;
Y los trabajos con que el mundo vuelve
El destierro a los justos más pesado,
Juntos con la pasión de tu hijo amado,
Prenda nos sean de eternal placer.


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