LAS TRES URNAS - Alfonso de Lamartine


(Tradición árabe)

Cierta vez a su presencia
Nimrod llamó a sus tres hijos:
El discreto soberano
Conducir ante ellos hizo
Por tres esclavos tres urnas
Selladas: de oro finísimo
Una, la otra de ámbar
Y otra de arcilla. El rey dijo
Al primogénito, entonces,
Eligiera a su juicio
La que pudiera encerrar
Un tesoro estimadísimo.
Eligió el vaso de oro
Sobre el cual se hallaba escrito
Imperio. Abriólo y de sangre
Lleno le vio sorprendido.
Tomó el segundo el de ámbar:
En su exterior asimismo
Gloria, decía, y halló
Dentro cenizas de ínclitos
Varones cuya grandeza
Hubo la fama extendido.
Al tercero tocó el vaso
De arcilla: hallóle vacío:
De Dios el nombre en su fondo
El alfarero había escrito.
-¿Cuál de estos vasos más pesa?
El rey a su corte dijo.
Los ambiciosos al punto
Respondieron en su instinto,
Que el de oro; los poetas
Y los audaces caudillos,
Que el de ámbar, y los sabios,
El que se hallaba vacío.
Porque una letra tan sólo
Del nombre del Infinito,
Pesa más que el globo entero
De la tierra en que vivimos.
-El parecer de los sabios
¿Cuál no seguir asimismo?
No hay nada grande; si grande
No lo hiciese algo divino
Que contenga; y cuando el Sumo
Retribuidor en su altísimo
Tribunal juzgue los actos
Del humano, siempre altivo,
Sus vanidades y glorias,
Sólo su nombre bendito
Glorificado ha de verse,
Porque es la luz de los siglos.