Las guerras de Carlos III y el renacimiento del genio español


Carlos III, instituido rey de España por disposición testamentaria de su hermano, el difunto Fernando, reinaba en Nápoles desde 1735 y fue coronado y jurado por las Cortes de España en julio de 1760; contaba entonces cuarenta y tres años, y no había transcurrido uno más cuando la firma de un tercer pacto de familia desencadenó una guerra contra Gran Bretaña y Portugal; las acciones se empeñaron en territorios lusitanos y americanos, y como consecuencia de los términos en que fue concertada la paz (1763), España dejó en poder de Inglaterra la Florida, la bahía de Pensacola y los territorios del este y sudeste del Misisipí.

Poco después, unas fortificaciones que Inglaterra levantó clandestinamente en la isla Gran Malvina, llamada Falkland por los británicos, posesión española situada al este del estrecho de Magallanes, volvió a encender las hostilidades, pues el

gobernador de Buenos Aires, bajo cuya jurisdicción se hallaban las dichas islas, arrojó de ellas violentamente a los invasores.

La independencia de Estados Unidos de América, favorecida abiertamente por Francia y con disimulo por España, trajo la guerra entre Inglaterra y los Borbones ligados por el pacto de familia, hasta que, cansados unos y otros beligerantes, resolvieron poner fin a la lucha mediante el tratado de Versalles, de 1783.

En tanto en el exterior obtenían las armas de España más honor que provecho, en la península se ensayaba un serio intento de reconstrucción económica. Se realizaron extensos proyectos de colonización en Sierra Morena y Extremadura, se abrieron infinidad de escuelas técnicas, se incrementó el número y la producción de fábricas de tejidos de seda y algodón, de vidrios, marquetería, latón, paños, sombreros, etc. Del extranjero llegaron obreros especializados a fin de renovar la técnica de la manufactura y, en general, se reanimó el tono de la vida nacional en todos los órdenes. Lamentablemente, esta reconstrucción material de España viose turbada por quiebras irreparables en el orden espiritual, debidas al sectarismo de algunos ministros del rey, adictos al enciclopedismo francés. A ellos se debió la expulsión de los jesuitas de España y de sus colonias americanas, atentatoria contra la cultura y el mismo Estado. Paralelamente a ese renacer económico, surgieron manifestaciones artísticas, de las cuales la más relevante ocurrió en el campo de la pintura, con la aparición del genio universal de Francisco Goya; el rey fue pintado por él con aquel realismo casi agresivo que caracterizó a la escuela española desde los días de Velázquez.

En otros órdenes, dentro de la misma actividad estética, debe mencionarse la creación real de la fábrica de porcelanas del Buen Retiro, hecha sobre el modelo de la afamada casa italiana de Capo di Monte, que produjo objetos de excepcional elegancia y suntuosidad.

La real fábrica de tapices de Santa Bárbara, que venía trabajando en Madrid desde 1720, adquirió entonces un extraordinario impulso.

El reinado de Carlos III fue el momento de máximo esplendor de la dinastía borbónica, pese a lo cual España estuvo muy lejos de ocupar en el panorama mundial el muy espectable plano que había alcanzado en la era de los primeros Austria.

A Carlos III, fallecido el 14 de diciembre de 1788, le sucedió su hijo, que reinó como Carlos IV; estaba casado con María Luisa de Parma, y era padre de dos hijos, los príncipes Fernando y Carlos María Isidro.

Tocóle afrontar la grave crisis que la Revolución Francesa planteó a todas las testas coronadas europeas, aunque bien puede decirse que no fue él quien condujo los asuntos de Estado, pues el conde de Floridablanca primero, y luego el de Aranda, en calidad de ministros reales, llevaron sobre sí el peso de la acción gubernamental, hasta que el favorito don Manuel Godoy tomó las riendas con omnipotencia. Fue este personaje prototipo de la osadía y de la ambición, si bien no pueden negársele condiciones para la intriga diplomática; de guardia de corps a los diecisiete años de edad, llegó a ocupar las más altas posiciones en la Corte, fue grande de España y consejero de Estado, y logró una enorme fortuna.

Sus esfuerzos por salvar la vida a los infortunados reyes de Francia determinaron una tensión, entre las relaciones de la Corte de Madrid y el gobierno revolucionario francés, que desencadenó en última instancia la guerra entre ambas naciones. El ejército español invadió a Francia: atravesó los Pirineos, y obtuvo algunas victorias iniciales, pero luego fue obligado a volver al territorio patrio, perseguido por los franceses. La paz de Basilea puso fin a la cuestión en forma onerosa y humillante para España, pero en adelante Godoy fue llamado “el Príncipe de la Paz”.

La impolítica alianza con Francia fue causa de nuevas guerras, ahora con Gran Bretaña. El tratado de Aranjuez desencadenó la lucha contra Portugal; se la llamó “guerra de las naranjas” por un acto ridículo de Godoy, generalísimo de los ejércitos invasores franco-españoles, quien se detuvo en los jardines de una de las plazas capturadas a los lusitanos para cortar naranjas, que envió luego a Carlos IV y su real esposa; y díjose que aquél fue el botín más importante recogido en la campaña.

La estrecha alianza con los hombres del Consulado francés, entre quienes ya dominaba la extraordinaria figura de Napoleón Bonaparte, llevó a Carlos IV a secundar el intento de invadir las islas británicas; el proyecto fue puesto en vías de ejecución poco después de la promulgación del senadoconsulto que elevó a Napoleón al solio imperial. Trafalgar puso fin, a una, al ambicioso proyecto napoleónico y al poderío naval español, para siempre destruido allí, pese al heroísmo y a la valía de figuras como los bravos marinos Gravina y Churruca.

La descomposición interior de la Corte española, las animosidades que arrojaban al hijo contra el padre, llevaron a unos y otros a buscar la protección del poderoso emperador de Francia: el príncipe heredero, Fernando, contra la influencia de Godoy; éste, tentado por su ambición de ser designado regente de Portugal; Carlos IV, para sostenerse contra lo que llamaba la conspiración de su hijo contra el trono.