Juan Sin Tierra, el interdicto y la célebre Carta Magna


Muerto Ricardo, subió al trono su hermano Juan Sin Tierra. Difícil es referir algo bueno de este rey; según parece fue cruel con todo el mundo y no tuvo ni un amigo. Poco tiempo llevaba de reinado, cuando perdió no sólo la Normandía, cuyo título ducal dejaron de ostentar los reyes de Inglaterra, sino los otros territorios de Francia que habían pertenecido a su madre, la reina Leonor.

Una de sus más violentas contiendas la libró Juan I con el Papa, que a la sazón era Inocencio III. Por no aceptar para arzobispo de Canterbury al cardenal Langton, elegido por el Pontífice, éste lanzó contra Inglaterra un interdicto, en cuya virtud habían de cerrarse las iglesias y quedar en suspenso todo servicio del clero; excomulgó al rey y eximió al pueblo del juramento de fidelidad; como Juan persistiera en su obstinación, Inocencio lo depuso y ofreció su trono al rey de Francia, que era entonces Felipe II Augusto. Juan, en vista de ello, varió súbitamente de conducta; recibió al arzobispo, restituyó los bienes eclesiásticos de que se había incautado y, para mostrar su sumisión a Inocencio, se humilló hasta el punto de poner su corona en manos del legado pontificio y recibirla de él, como don del Papa.

El único fruto que Inglaterra cosechó del odioso reinado de Juan I fue la famosa Carta Magna, que firmó el rey obligado por los barones; en ella prometió respetar ciertos derechos que permitirían vivir bajo un régimen de libertad y buen gobierno. La Carta Magna, que puede considerarse como piedra angular del edificio de la libertad inglesa, estaba fundada en la carta que Enrique II otorgó cuando ocupó el trono, la cual, a su vez, tenía por base las leyes de Eduardo el Confesor y de Alfredo.

Firmóse el célebre documento en una isla del Tárnesis, cerca de Wind-sor, llamada de Runnymede (y también desde entonces “isla de la Carta Magna”), donde Juan reunió a los barones y, dominando a duras penas el despecho y la rabia de que estaba poseído, estampó su real sello al pie de las promesas que se obligó a cumplir en aquel acto. Pero se vengó de esta humillación pidiendo al Papa que anulara la Carta Magna y atrayendo al país a feroces hordas de soldados extranjeros, que lo asolaron.