BARABAY


Vivía en una ocasión, en cierto reino, un pobre molinero que tenía una hija bellísima, cuya sagacidad y talento corrían parejas con su hermosura. Hallábase el molinero tan envanecido y orgulloso de ella, que dijo un día al rey de aquellas comarcas que su hija era capaz de sacar finísimos hilos de oro si la ponían a hilar burda paja.

Era el rey muy codicioso, y, al escuchar la baladronada de su súbdito, ordenó que la joven fuese conducida a su presencia. Llegó la joven y el rey la llevó a una habitación donde había una gran cantidad de paja, diole una rueca, y le dijo:

-Si en algo aprecias tu vida, de aquí a mañana tienes que hilar toda esta paja, convirtiéndola en brillantes hilos de oro.

Fue en vano que la pobre muchacha protestase de que no podía obrar semejante maravilla; la puerta de la habitación fue cerrada con siete vueltas de llave, y la joven quedó sola.

Presa de la mayor aflicción, dejóse caer en una silla, y rompió a llorar sin consuelo; mas he aquí que, sin saber cómo, ábrese la puerta del cuarto, y entra en él, cojeando, un ridículo hombrecillo que le dice:

-Buenos días, hija mía, ¿por qué lloras?

-¡Ay! -gimió la desdichada-, porque tengo que hilar toda esa paja convirtiéndola en hilos de oro, y no sé cómo hacerlo.

-¿Qué me darás si yo lo hago?

-Te daré mi gargantilla.

Tomóle el enano la palabra, y se puso enseguida a dar vueltas a la rueca; y dale que le darás, cantando alegremente, no tardó en convertir todo el montón en relucientes hilillos de oro fino.

Cuando entró el rey, quedóse sorprendido y encantado ante aquel espectáculo fantástico; pero la sed de oro despertóse en su corazón, y volvió a encerrar a la infeliz muchacha, encomendándole una nueva tarea.

Aterrada la joven, sentóse a llorar otra vez; mas el enano presentósele de nuevo, y le dijo:

-¿Qué me darás si yo lo hago?

-El anillo que llevo en el dedo -respondióle ella.

Tomó el enano el anillo, y sentóse por segunda vez ante la rueca; y, después de trabajar algunas horas, la paja quedó convertida en hilos de oro.

El rey sintió un extraordinario regocijo al contemplar aquel brillante tesoro; pero, no satisfecha todavía su codicia, llevó a la hija del molinero a una habitación aun más amplia, y le dijo:

-Toda esta paja debe ser transformada en oro durante la próxima noche, y, si sales airosa de la empresa, mañana serás mi esposa.

En cuanto se quedó sola la joven, vino el enano y le dijo:

-¿Qué me darás si me encargo de ello?

-No me queda ya nada -contestó anegada en llanto la infeliz.

-Prométeme, entonces, que me darás el primer hijo que tengas cuando seas reina.

Pensó ella que tal vez no tuviese hijos, y, como no veía otra solución, accedió al deseo del hombrecillo, el cual hiló también el tercer montón de paja, y lo convirtió todo en hilos de oro. Llegó el rey por la mañana, y se casó con la joven maravillosa.

El primer hijo que vino a alegrar aquel palacio, llenó a la reina de tan gran regocijo, que olvidó por completo su promesa; pero un día el enano presentóse en su cámara y exigióle el cumplimiento de su palabra. En vano le ofrecía ella todos los tesoros del reino a cambio de su hijo; mas sus lágrimas, al fin, lograron ablandar el corazón del hombrecillo, que le dijo:

-Si en el término de tres días aciertas como me llamo, te devuelvo tu palabra.

No pudo la reina conciliar en toda la noche el sueño, pensando en los nombres más raros que jamás sus oídos escucharan, y envió por todo el país mensajeros que buscasen otros nuevos.

Cuando, al siguiente día, compareció el enano, empezó la reina a llamarle Timoteo, Benjamín, Jeremías, y cuantos nombres pudo recordar; pero a todos contestaba él:

-No es ése mi nombre.

El segundo día comenzó la reina a llamarle por los nombres más estrambóticos que había oído en su vida, como Patastuertas, Narizotas, Jorobeta, Barrigorda, etc.; mas el enano respondía:

-No me llamo así.

Por fin, el tercer día regresó uno de los mensajeros, y dijo a su soberana:

-Anoche, cuando trepaba yo por una elevada colina escondida entre los altos árboles de la selva, a la hora en que las zorras y las liebres se retiran a sus madrigueras, descubrí una miserable cabaña, a cuya puerta ardía una pequeña hoguera, alrededor de la cual bailaba, sobre un solo pie, un hombrecillo ridículo, cantando esta canción:

Bella será la fiesta; Cansarme he de bailar; Hoy hago la cerveza. Mañana cuezo el pan: Pues un ilustre huésped Al baile asistirá. ¡Qué ajena está 1?. reina. Me llamo Barabay!

Al oír esto la reina daba saltos de alegría, y así, cuando llegó el pigmeo, al día siguiente, le dijo:

-¿Te llamas Juan?

-No.

-¿Tomás acaso?

-Tampoco.

-¿Entonces te llamarás Barabay?

-¡Sólo una bruja puede haberte dicho mi nombre! -gritó iracundo el enano, dando en el suelo tan fuerte patada, que para desenterrar el pie tuvo que emplear la fuerza de sus dos manos.

Luego huyó furioso y avergonzado, al ver que se reían de él, por haberse tomado tantas molestias en balde.


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