El origen del amor de los padres hacia los hijos


Este instinto tiene mucha mayor importancia para los seres humanos que para los demás animales, porque el hombre nace mucho más desamparado y necesita de amor y cuidado por espacio de mucho más tiempo que los hijos de las otras criaturas vivientes. El instinto que impulsa a la madre a proteger a su hijo no se encuentra en los animales inferiores, pero sí en los superiores, y con intensidad creciente a medida que ascendemos en su escala.

El modo cómo una abeja obrera cuida a las pequeñitas es digno de llamar la atención. Ignoramos cuál es la antigüedad de las sociedades de las abejas; pero en todo caso, algunos peces, desde los tiempos más remotos, cuidan de sus huevos y alejan a los enemigos que pudieran destruirlos. A partir de este grado hacia arriba, la prole necesita de protección paternal durante tanto más largo período cuanto más nos remontamos en la escala de los animales.

Por fin llegamos al hombre, que por sí solo forma como un reino aparte, donde la multiplicación es relativamente limitada, y en el cual los recién nacidos reciben desde el primer momento tan solícitos cuidados, que viven la mayoría de ellos. “En semejantes casos”, dice una autoridad en la materia, “la protección y cuidado de los niños es la constante y absorbente ocupación de las madres, que les consagran todas sus energías, sufriendo por ellos privaciones y dolores y aun arrostrando la muerte. Este instinto llega a ser mucho más poderoso que otro alguno y puede dominarlos a todos, incluso al miedo mismo; porque afecta directamente a la conservación de la especie, a diferencia de los otros instintos que tienden sólo a proteger la vida del individuo, la cual, como se comprende, tiene menor importancia”.