Rodrigo, resuelto a cumplir su plan, pide auxilio al hombre misterioso


Rodrigo, viendo por tierra su plan y fugitiva la presa que ya contaba por suya, montó en cólera; y sospechando que el atrevido fraile, que ya una vez le había afeado su proceder, tenía la culpa de lo ocurrido, puso en juego su influencia para que el superior de su orden lo destinara a otro convento situado a regular distancia. Habiéndose desembarazado de esta suerte del principal protector y consejero de las dos indefensas mujeres, juró llevar a cabo su propósito. Por medio de sus malvados espías pronto descubrió el lugar que les servía de asilo; pero tan severa era la clausura de los conventos en aquella época, que hasta este poderoso tirano se vio impotente para infringirla. Entonces decidió poner en juego cuantos medios fuesen necesarios para obtener el auxilio de un personaje, mucho más temido y desprovisto de escrúpulos que él.

Este terrible personaje, hombre de elevada alcurnia, vivía en una antigua morada, mitad castillo, mitad fortaleza, situada en la cumbre de unas rocas inexpugnables, que dominaban un profundo y estrecho valle. El sendero que conducía a esta sombría fortaleza era un verdadero camino de animales monteses, y estaba abierto junto a un precipicio entre cavernas y rocas escarpadas. Allí tenía su antro el refinado criminal, apodado el Hombre Misterioso... Se había rodeado de una cuadrilla de matones, armados todos siempre hasta los dientes, y formaban una misteriosa guarnición y a veces un pequeño ejército, dispuesto siempre al ataque. No había en toda Italia persona más temida y odiada que el Hombre Misterioso, cuya carrera de crímenes terribles y sin número había empezado en los días de su juventud, y continuaba todavía a los sesenta años, sin que nadie pudiera entregarle a la justicia. Su porte era alto y majestuoso, y su rostro atezado y surcado por profundas arrugas. Sobre su calva cabeza flotaban algunos cabellos blancos. Pero sus ojos eran vivos y penetrantes; su cuerpo ágil y robusto, y su inteligencia y demás facultades mentales tan claras y poderosas como cuando tenía veinte años.