LA VIRGEN DE MARFIL


Los escultores de la antigua Grecia fueron los artistas más inteligentes del mundo: las imágenes que ellos labraron de oro, marfil y mármol son de una belleza realmente maravillosa.

La más admirable de aquellas obras, una estatua de marfil que reproduce una virgen, fue obra de Pigmalión, rey de la isla de Chipre; era una figura de un encanto divino que hasta parecía respirar.

Cuando Pigmalión hubo terminado su obra, la miró con entusiasmo, preguntándose: “¿Llegará a moverse y hablar?” Poco a poco, invadido de extraña y loca pasión amorosa, llegó a enamorarse ardientemente de su virgen, a la que se abrazaba con pasión, intentando darle vida con sus besos;

pero inútilmente, pues los besos de los mortales no tienen el poder suficiente para dar vida y llegar a convertir en carne cálida y tierna un trozo de duro y frío marfil.

Afortunadamente, Venus, la diosa del amor, se conmovió profundamente al conocer la amorosa pasión de Pigmalión por su obra y se le acercó en uno de esos momentos en que, con loco entusiasmo, la abrazaba y besaba. Venus sopló vida en ella, y la figura de marfil se transformó poco a poco en una hermosa joven en los mismos brazos del escultor, y Pigmalión recibió la agradable sorpresa de que la que tanto amaba le correspondía con igual pasión.

La llamó Galatea, y se casaron y vivieron felices.


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