GUAYAQUIL


(leyenda ecuatoriana)

La recia lengua quechua ha dado nombre a la capital ecuatoriana; dicho nombre se compone de dos voces: Guayas y Kill. La primera era el nombre de un cacique, la segunda -el de su esposa- está unida a aquélla por una notable tradición. En ésta hay buena dosis de heroísmo, mucho de nobleza salvaje, interés palpitante y gráfico perfil de un carácter indígena digno de la piedra. Guayas no sólo mandaba como soberano en un vasto territorio, sino que era dueño y señor de una india hermosísima; con ella vivía feliz, disfrutando las alegrías del hogar doméstico.

Por aquel entonces viose invadido el país por los hombres blancos, que en son de guerra y con codicioso espíritu de conquista dictaban leyes y se imponían a los sencillos indígenas.

Hallábase Guayas perplejo, no acertando a resolver cómo alejarse de aquella tierra tan querida, antes de que los invasores llegaran a la comarca donde él y sus antepasados habían sido señores absolutos.

Meditabundo estaba una noche, más indeciso aún que otras veces, porque las noticias eran cada vez más alarmantes, cuando un rumor lejano llamó poderosamente su atención. Con el oído finísimo del indio, adivinó que un chasqui o correo venía, y poco después un hombre, cubierto de polvo y sin aliento, llegó a su presencia.

-¡Huye! -exclamó- ¡huye! El temible enemigo nos alcanza; todo desaparece a su paso. Incendia y mata.

-Escaparemos en la piragua; bajando el río nos internaremos en el bosque.

-Kill, partamos -dijo Guayas-; preferiría verte muerta antes que en manos de esos hombres.

Y los tres se dirigieron hacia el lugar en que estaba la embarcación. Kill y el chasqui saltaron en ella y la pusieron a flote, pero el cacique no tuvo tiempo de embarcarse. Una férrea mano lo sujetó y otros hombres acudieron al ver que se resistía luchando a brazo partido.

Todo fue instantáneo. La piragua surcaba las aguas, mientras Guayas, atado de pies y manos, miraba su bohío convertido en inmensa hoguera, y escuchaba los gritos desgarradores de la fugitiva Kill.

- ¡Tu oro! -gritóle uno de los conquistadores españoles.

- Lo tendrás si me reúnes con Kill.

- ¿Quién es y dónde está?

- Es mi mujer y...

El indio se arrepintió antes de concluir, pero sus ojos, al fijarse en el río, denunciaron su pensamiento.

Aquellos hombres lo adivinaron, y con la rapidez del rayo saltaron en una canoa y la hicieron volar sobre las ondas en persecución de la piragua que tenía doble par de alas: las de la desesperación y las que le prestaba la esperanza de libertar o de vengar a Guayas. Pero los conquistadores eran más y el acicate del oro impulsaba sus remos con fuerzas sobrehumanas.

De pronto sucedió algo imprevisto: el chasqui, temiendo caer en manos de sus perseguidores, se arrojó al agua y fue a ocultarse en la frondosa orilla, dejando abandonada a la mujer.

Cuando los españoles abordaron la piragua, sólo encontraron a Kill, tendida en el fondo, rígida como un cadáver.

- Aquí tienes a Kill, cacique -dijeron al saltar en tierra- , por ella, tu tesoro; lo que pese será su rescate en oro puro.

- Bien, acepto -contestó el indio con firmeza y dignidad-; desatadme.

Guayas, al verse libre, se acercó a Kill, y de sus ojos escapó una chispa de dolor y de resignación.

- Tu puñal -le dijo a uno de los blancos-, he de alzar con él una piedra. Mi padre, el Sol, no presenciará esta vergüenza; aún falta mucho para la llegada del nuevo día.

Eran varios hombres, armados y prevenidos, contra uno; le dieron el puñal. Súbitamente transformóse Guayas; sus ojos lanzaron llamas, su mirada se iluminó con júbilo salvaje; al pensamiento obedeció su brazo. En el pecho de Kill se hundió el puñal; la herida fue de muerte.

- ¡Ahora yo! -gritó con voz de trueno-. ¡Mis tesoros eran Kill y mi bohío; éste lo habéis incendiado y con ella parto a la región del Sol!

Y clavó en su pecho el puñal, en el que aún humeaba la sangre de su amada esposa.

Lo imprevisto de la escena, el trágico desenlace y el choque de las impresiones, hicieron huir a los españoles. Los cuerpos quedaron abandonados a pocos pasos de la cabaña convertida en cenizas.

Al clarear, la aurora iluminó los escombros de la casa de Guayas; pero los cuerpos habían desaparecido.

Y pasaron días, semanas y meses. En un enmarañado bosque muy próximo a la ciudad que los españoles comenzaron a construir sobre la alfombra de fresca hierba, aparecieron sucesivamente varios indios, atravesaron un claro de la selva y acercáronse a un bohío medio arruinado.

- Guayas -articuló una voz.

- Kill -contestaron los indígenas.

Un hombre de alta estatura salió al encuentro de los recién llegados y les dijo con voz clara:

- Es la noche de nuestra venganza; un amigo me encontró con señales de vida y me salvó. Pero Kill duerme allá arriba, en una tola. Los extranjeros causaron su muerte y he jurado a mi padre, el Sol, formar un lago de sangre con la de los hombres blancos.

- Manda y obedeceremos.

- Protegidos por la oscuridad, caeremos sobre ellos y ni uno solo podrá salvarse.

Dormían los colonizadores, y fueron despertados por el grito de guerra: ¡Guayas-Kill!, lanzado por más de dos mil bocas. Las llamas, el humo, los ayes y el derrumbe de las casas incendiadas formaron dantesco cuadro. La rapidez de la acometida sorpresiva no dio lugar a la defensa ni a la huida. Sólo cinco españoles se salvaron.

Apuntaba el día cuando Guayas subió lentamente por la escabrosa falda de la loma que hoy se llama de Santa Ana. Allí estaba la tumba de Kill; allí el indio evocó la imagen de la mujer amada. Allí se desbordó su dolor en un rugido salvaje, y lanzándose al abismo hundióse para siempre en la corriente de un río, el Guayaquil, que al pie de la colina serpentea inmortalizando los nombres de Guayas y de Kill.


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