EL INTRÉPIDO HÉROE DE LAS MONTAÑAS


Todas las naciones celebran el nombre de algún varón patriota que luchó por la libertad de su país natal, y así vemos que del mismo modo que Gales tiene a Llewellyin, España al Cid, Italia a Garibaldi, y la América del Sur a San Martín y Bolívar, el Cáucaso tiene a Schamyl, quien, por más de un cuarto de siglo, peleó por mantener su inculta tierra montañosa, libre de la acerada garra de Rusia. De niño era débil, pero desarrolló su fuerza física por medio de los juegos y ejercicios del campo, de suerte que creció muy robusto.

Schamyl no conocía el miedo, y sostenía con tal firmeza su palabra, que cuando vio que su reprensión no daba resultado para curar a su padre del vicio de la borrachera, le juró matarlo si volvía a embriagarse, juramento tan eficaz que aquel hombre se abstuvo por completo de beber alcohol en todo el resto de su vida, pues sabía que Schamyl hubiera ejecutado su extrema amenaza.

A los veintiséis años de edad, es decir, en 1824, empezó su larga lucha con los generales rusos mandados a someter la región. Había nacido para jefe y era animoso para el ataque, hábil como estratega e ingenioso en las retiradas. Se cuentan muchas anécdotas de sus arriesgadas huidas de los rusos. Una vez su reducida tropa fue copada por sus enemigos y como luchando no podían abrirse paso a través de las bayonetas, debían, o morir de hambre o ser aniquilados, porque no conocían la palabra “rendición”. Schamyl, que era siempre el primero y más atrevido en el ataque, galopó solo pasando por las líneas del enemigo y llegó incólume a su fortaleza de las montañas.

Fue el único que escapó con vida, y sus paisanos, mahometanos fanáticos, creyeron que el ángel San Gabriel le había prestado su especial protección. En otra batalla, Schamyl mató a tres rusos, pero fue a su vez atravesado por una bayoneta; sin embargo, quitó la vida a su adversario y escapó como por milagro; fue entonces nombrado jefe y soberano del Cáucaso oriental por sus compatriotas, y no es de admirar que su pueblo le siguiese como a un profeta nacido para sostener la libertad de su patria.

Una fortaleza en la montaña, que había sido conservada largo tiempo por Schamyl, cayó, al fin, en poder de las tropas rusas, y de nuevo fue el único que logró escapar, para lo cual se dice que se descolgó por una cuerda a lo largo de las enhiestas rocas hasta el río que pasaba por debajo, donde se embarcó en una almadía y huyó. Se mandaron muchos generales contra Schamyl, pero los burló a todos, y una y otra vez reunió a sus paisanos bajo su bandera. Un general murió de vergüenza porque había sido vencido por tan reducida tropa de montañeses. Durante la guerra de Crimea, la atención de Rusia apartóse de él; pero, terminada aquélla, hizo nuevos esfuerzos para vencer a Schamyl y a sus valientes soldados; mas el fin era inevitable, pues los recursos de Rusia eran enormes comparados con los suyos. Nuestro héroe se refugió en una fortaleza pequeña sobre una colina en Daguestán y allí, cuando todos, a excepción de cuarenta y siete hombres suyos, habían sido muertos, comprendiendo que, aunque escapase con vida, no podría ya encontrar gente para continuar la lucha, se rindió.

Schamyl no era un bandido inculto, sino un hombre rico, ilustrado y de relevantes prendas de carácter, que gobernó con justicia y discreción; fue compasivo para con los prisioneros rusos que cayeron en sus manos, y peleó durante fatigosos años por amor a su patria y a la libertad.


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