LA VÁLVULA ELECTRÓNICA


Han sido tan maravillosas las muchas aplicaciones de la electricidad que ha posibilitado la válvula electrónica, que bien podemos considerarla como una moderna lámpara de Aladino. Fueron Tomás A. Edison y J. A. Fleming quienes por primera vez comprobaron los efectos del salto de los electrones a través del vacío, en el interior de una lámpara. Y jamás habrían ellos de imaginar que aquel descubrimiento, en apariencia de poca importancia, permitiría con el tiempo que la voz humana y la melodía musical pudiesen volar por el espacio a la velocidad de la luz, y que nuestros ojos pudieran ver los sucesos que ocurren a varios kilómetros de distancia. Podríamos citar miles de aplicaciones, cada una más sorprendente que la otra, y todas posibles gracias a la labor de la válvula electrónica y su gran colaborador: el electrón. Ciertamente, ellas hacen verdaderos malabarismos con la corriente eléctrica actuando con una rapidez increíble, como lo comprobamos a diario con las emisiones de radio y televisión, que salvan distancias de muchos kilómetros en una fracción de segundo.

La válvula electrónica más sencilla es la que se conoce con el nombre de diodo. Está constituida esencialmente por dos electrodos o polos, que se mantienen separados dentro de una ampolla de vidrio o metal en la que se ha hecho el vacío. Estos electrodos se denominan uno cátodo y otro ánodo o placa. El cátodo es el productor y emisor de los electrones y el ánodo o placa es lo que atrae y moviliza a los electrones que el cátodo ha dejado en libertad. Pero para que la placa pueda actuar es necesario que tenga una carga eléctrica positiva, o sea que exista con respecto al cátodo un potencial eléctrico positivo. El diodo, como esas calles que sólo permiten el tránsito de los coches en una sola dirección, únicamente deja circular la corriente eléctrica en un sentido, y hace cumplir estrictamente el reglamento; más adelante veremos cómo es posible aprovechar esta condición particular de los diodos.