Los frescos de la capilla sixtina son genial alarde de la pintura


Los frescos de Miguel Ángel demuestran su pasión por la línea y las formas. Según su modo de pensar, el cuerpo humano es la obra divina más hermosa que nos brinda la Naturaleza, y a ella dedicó toda la fuerza de su arte.

En el dominio de la pintura la obra más completa fue la decoración de la Capilla Sixtina. Parece ser que aceptó de mala gana esta misión que le había encomendado Julio II en 1508. En tal oportunidad habríale expresado al Papa que su verdadera profesión era la de escultor y no la de pintor, sugiriéndole que confiara la tarea a Rafael, a quien consideraba más capacitado para ello; pero el Papa insistió y Miguel Ángel tuvo que emprender la titánica empresa.

Es difícil dar una idea de tan colosal obra en la que trabajó cuatro años solo, pues los colaboradores que habían elegido no le satisficieron.

En la bóveda central agrupó nueve cuadros donde relató la historia de la Creación, la Caída del Hombre y el Diluvio Universal. En otros lugares de la misma incluyó imágenes de apóstoles y sibilas anunciando la llegada de Cristo, así como en los espacios triangulares de los arcos vemos escenas del Viejo Testamento, tales como la muerte de Goliat, y en otros lugares, dos referentes a David y dos a María. Completan estas grandes divisiones otras figuras de proporciones gigantescas en actitudes vigorosas y poco corrientes, con las que dio al conjunto extrema vivacidad, animación y movimiento.

Algunas de las figuras que lo integran son realmente grandiosas; en ese sentido Goethe llegó a decir de la que representa a Adán que es una de las más bellas que jamás pincel humano pudo dibujar, considerando al todo como un poema en acción. Tenía casi setenta años cuando le pidieron que pintara el Juicio Final, también para la Capilla Sixtina. Se dice de esta última obra que no tiene ni la fuerza ni el vigor de las demás; sin embargo, es otra digna expresión de su inconfundible genialidad. Mientras Miguel Ángel pintaba los frescos de la Capilla Sixtina, a la que consagró toda su atención, no quiso ni ayudantes ni mirones a su lado, disgustándole que visitara su taller el mismo Papa. Cierto día éste llegó de improviso para ver cómo iba la obra; al descubrirlo, Miguel Ángel dejó caer con disgusto el pincel a los pies del pontífice, quien solícito se inclinó a recogerlo y devolvérselo al genial pintor.

Cuando murió, a los 89 años, era el último sobreviviente de una brillante generación de artistas, pues Rafael, mucho más joven que él, y Leonardo, el decano del grupo, habían muerto cuatro décadas antes. Con él se extinguieron estas maravillosas generaciones da artistas que durante tres siglos cimentaron la fama de Italia, glorificando al genio humano.