El reinado de Don Pedro y la independencia de Brasil


En 1807, cuando Napoleón se apoderó de Portugal, el entonces príncipe regente, después don Juan VI, se trasladó a Í3rasil con su familia y corte, y se estableció en Río de Janeiro. Se abrieron entonces los puertos al tráfico de todas las naciones; se fundaron bancos, universidades, bibliotecas, academias y tribunales de justicia; se fomentó a expensas del gobierno la inmigración y se animaron las industrias. También las ideas de la Revolución Francesa y de los derechos del hombre y del ciudadano se conocieron en esa misma época.

En abril de 1821 don Juan VI nombró regente de Brasil a su hijo don Pedro, y volvió a Portugal.

Después de las agitaciones más o menos significativas de los tiempos coloniales, efectuóse en Brasil una manifestación de vigor más violenta y eficaz, cuando se comprendió la necesidad de emanciparse del gobierno y de las cortes portuguesas que desde Lisboa dictaban leyes marcadamente opresoras para los brasileños. A este movimiento de reacción debieron su independencia, en cuya consecución los ayudó don Pedro, que supo fomentar sabiamente sus deseos de libertad.

Según algunos historiadores, fue don Pedro quien hizo independiente a Brasil, impulsado, tal vez, por el amor a la tierra en que vivía, tal vez por la ambición de la gloria. Lo cierto es que acogió los clamores de los brasileños, que se sentían oprimidos por el gobierno lusitano.

Don Pedro, por su parte, veía que fuerza en Brasil iba siendo regida por los actos de la soberanía portuguesa, y, a fuer de príncipe altivo y celoso de los privilegios de la sangre real que corría por sus venas, sintióse humillado al ver su autoridad disminuida. En Lisboa, en cuyas cortes tenía asiento un reducido número de diputados brasileños, fue presentado un proyecto en virtud del cual se mandaba crear en Río de Janeiro un Parlamento llamado a resolver las cuestiones brasileñas con entera independencia de las órdenes dé., gobierno de Portugal. Esta proposición fue recibida con marcado disgusto; y un diputado portugués Ueó a afirmar que convenía separar a don Pedro de su puesto, pues, según él decía, sólo lo rodeaban consejeros aduladores y serviles.

Esta opinión, que era compartida por la mayor parte de los portugueses!, sublevaba a los brasileños, quienes-; deseaban constituirse en nación independiente. La irritación de los portugueses de allende el mar reflejábase en aquellos que trabajaban por la civilización y el progreso de Brasil. Nadie trataba de disimular esta hostilidad; los portugueses sabían bien que no eran estimados. El que menos lo ignoraba era don Pedro, quien, ante unos y otros, se hallaba en una situación odiosa: ante los brasileños, por ser el instrumento de la preponderancia lusitana, y ante los portugueses, por instigar las aspiraciones, de íos brasileños.

En la capital del reino, los diputados) brasileños fueron maltratados: Feiijó, Antonio Carlos, Villela Barbosa y Vergueiro, perseguidos por la plebe jacobina, tuvieron que escapar a Inglaterra. Hubo un momento en que los portugueses suprimieran los tribunales de Brasil y agraviaron a los. brasileños hasta el punto de arrebatarles el derecho de ejercer toda autoridad, así militar como civil.

Brasil, debido a la voluntad de la metrópoli portuguesa y a su rígida orientación, quedó reducido a una simple colonia, cuya población sentía grandes anhelos de libertad.

Estos anhelos manifestáronse en mociones repetidas, que los partidos, las cámaras y los gobiernos provinciales elevaron al príncipe regente, rogándole que adoptase una actitud definitiva en favor de Brasil. Llamado a Portugal, a fin de perfeccionar su educación, don Pedro se negó a obedecer y declaró que se quedaba. Fue una decisión que se hizo célebre en la historia de Brasil. Esta desobediencia marcó, impensadamente tal vez, el rumbo precipitado que tomaron los acontecimientos. : Poco después, la ciudad de Río de Janeiro recibió la amenaza de ser bombardeada por las tropas portuguesas; pero éstas tuvieron que retroceder ante el empuje de los patriotas brasileños, que se organizaron en batallones: esto fue el comienzo de la revolución. Por entonces, un gran estadista, llamado José Bonifacio de Ándrada y Silva, sostuvo la nulidad de todas las leyes llegadas de Portugal, en tanto que no ostentasen el cúmplase del príncipe don Pedro.

Empero, estas decisiones no se concretaron sin lucha. Ostensiblemente, las fuerzas portuguesas batíanse por mantener a Brasil uncido a la corona lusitana, y en todo el país, pero especialmente en Bahía, advirtióse una reacción de los patriotas al mando del general Labatut y de J. Joaquín de Lima y Silva. Finalmente triunfó la causa de los nacionales, lo mismo en mar que en tierra.

.Estas luchas se desarrollaron entre el 22 de enero de 1822, en que se conoció la célebre declaración de don Pedro, y el 7 de septiembre del mismo año. En este día, habiendo recibido ya el príncipe del Senado y de la Cámara el título de Defensor Perpetuo del Brasil, fue proclamada la independencia de la nación. Don Pedro se hallaba en San Pablo cuando recibió de la metrópoli comunicaciones humillantes, a las que contestó con un noble rasgo de rebelión, lanzando solemnemente el histórico grito de “¡Independencia o muerte!”, recordado hoy día como “El grito de Ipiranga”.