Perlas famosas cuyo recuerdo nos ha sido transmitido desde la más remota antigüedad


Han existido perlas famosas por su tamaño y por su oriente, cuyo destino es difícil determinar en la actualidad, pero que, a no dudarlo, deben conservarse engarzadas en joyas imperiales, en poder de la nobleza o de poderosos banqueros, o en algunos museos muy bien custodiadas entre las exóticas piezas de orfebrería, las coronas reales y el ornamento de los cetros.

Plinio, el historiador, nos refiere que Cleopatra fue dueña de un manto fastuoso, cubierto de perlas, en forma de una red que le cubría todo el cuerpo, y que ella ostentaba en las grandes fiestas y ceremonias. Perlas también célebres fueron las de la colección de Carlomagno; aquellas que estaban incrustadas en la corona de los reyes godos; la llamada de Dresde, del tamaño de un huevo de gallina; otra obtenida en el siglo xix en un criadero mexicano, enviada a París y adquirida por el emperador de Austria; la regalada por el gobierno español a Napoleón III, que era de color negro y originaria del Caribe.

Las perlerías de Venezuela han producido algunos de los ejemplares más hermosos del mundo, pues se cuenta que, en 1579, el rey Felipe II de España obtuvo una perla procedente de la isla Margarita que pesaba 250 quilates y cuyo valor actual sería fabuloso.