Las hormigas soldados, con cabezas provistas de cascos, afrontan bravamente al enemigo

Si examinamos una colonia de saubas, observaremos que hay en ella, además de reinas, machos y obreras, otros dos tipos de hormigas: las unas armadas con cascos cornudos, las otras con grandes cabezotas peludas. Son los soldados, que, eximidos de las labores comunes, tienen por misión proteger la colonia y especialmente defender a las obreras que salen en busca de hojas. Cuando las atacan hormigas extrañas, los soldados presentan al enemigo sus sólidas e imponentes cabezas, y forman en torno de sus compañeras un círculo protector, muy difícil de romper hasta para las adversarias más fuertes.

Aun más interesante es la labor de las obreras. Trepan a plantas determinadas y cortan las hojas, que van dejando caer al suelo. Si la colonia es pequeña, la misma obrera que corta las hojas transporta más tarde el montón de ellas que ha ido formando al pie de la planta. Si la colonia es numerosa, el trabajo se reparte entre obreras que cortan hojas, obreras que las transportan desde la planta hasta la puerta del nido, y obreras que las reciben allí, las desmenuzan y las introducen en él.

Durante mucho tiempo se había creído que las saubas cortaban las hojas para comerse los pedacitos o para tapizar con ellos sus moradas subterráneas, pero hoy sabemos que hacen algo mucho más maravilloso aun. Estas hormigas, en efecto, son cultivadoras de hongos. Con las patas y la boca desmenuzan las hojas que cortan, las pulverizan y las reducen a una masa blanda y porosa, sobre la cual siembran hongos especiales, que no sabemos de dónde los toman, porque hasta hoy no han sido encontrados sino en sus hongueras.

Alfredo Müller, sabio de gran talento y perspicacia, que ha estudiado a fondo la vida de las saubas brasileñas, asegura que limitan a lo estrictamente necesario el desarrollo de las partes inutilizables como alimento, pero indispensables para la existencia del hongo. Cuenta también que las saubas caminan hoy distancias de ochocientos metros, y más, para explotar plantas que ayer no se dignaban mirar y mañana desdeñarán, variando de ese modo, y sin que se sepa por qué, en la elección de hojas.

Es oportuno fijarnos ya en la estructura de la hormiga. Se compone su cuerpo de tres partes: la cabeza, el tórax o pecho y el abdomen o vientre, en el cual se encuentra el estómago, que digiere los alimentos. En la cabeza tienen un par de ojos, dos mandíbulas, un labio superior y uno inferior, y un par de antenas. Las antenas son esos como cuernos pequeños que tienen a cada lado de la frente y mueven de continuo al andar; activas y muy sensibles, se piensa que son los órganos con los cuales «se hablan», se huelen y, en fin, pueden entenderse las hormigas.

Algunas tienen aguijones ponzoñosos; otras, simplemente glándulas que inyectan su veneno en las heridas que causan con las mandíbulas. Fuertes de mandíbulas, con ellas pueden llevar hormigas mayores y más pesadas, y pesos que no seríamos capaces de aguantar si fuéramos tan pequeños como ellas; gracias a sus mandíbulas, realizan las maravillas concebidas por su cerebro.