LOS ROMANCES CASTELLANOS


En los días remotos de la Edad Media, cuando todavía no se había inventado la imprenta, los libros eran manuscritos y se leían tan sólo en los conventos. Los caballeros y las damas castellanas de aquel entonces, mano sobre mano, veían pasar las horas de ocio en el mayor aburrimiento. No es, pues, de extrañar que, así en las cortes do los reyes, como en los palacios de los nobles, hallaran tan favorable acogida los juglares y trovadores errantes, que de cuando en cuando aparecían bajo las enramadas de sus jardines, y eran casi siempre introducidos en las salas de los castillos señoriales, para que recreasen a sus dueños cantando peregrinos romances al son de la cítara o el laúd. Tales composiciones eran ya cantares de gesta en que celebraban las proezas de antiguos héroes castellanos, ya narraciones de caballerescas aventuras, que reflejaban el espíritu feudal de aquellos tiempos, y no pocas veces, romances moriscos, en que el noble pueblo de Castilla, terminada felizmente la reconquista, olvidaba sus agravios y consolaba de la desgracia a los vencidos árabes celebrando sus nobles cualidades y sus hazañas.

Los trovadores eran poetas que aprendían o inventaban aquellos romances, para cantarlos luego de ciudad en ciudad, de castillo en castillo, ahora solos, ahora acompañados de juglares, cuyo oficio era tañer el laúd, la cítara o el arpa. Recibíanlos, pues, damas y caballeros con gran júbilo y pagaban sus canciones con monedas y provisiones de viaje; y ellos, agotado ya el caudal de sus baladas y romances, despedíanse corteses y proseguían su jornada en busca de la morada señorial más próxima.

Algunos de esos romances, aunque de tema antiguo y conocido, deleitaban a los castellanos, que gustaban de oírlos a menudo, y los escuchaban con ostensible complacencia; otros eran nuevos, aprendidos e inventados por el trovador desde su última visita.