EL CAZADOR - Walter Scott


Las brutales violencias de un señor feudal. que arrolla cuanto se le opone en su cacería, obedeciendo a las perversas sugestiones de un personaje misterioso, y el terrible castigo que. según la imaginación popular de aquel tiempo, pone coto a tales atropellos, es el asunto de esta trágica leyenda versificada por Walter Scott, celebre poeta y novelista escocés (1771-1832).

Toca su cuerno de caza,
Y con sus perros de raza
El Wildgrave dice así: “¡Alhalí!
¡Plaza a mi jauría, plaza! ¡Alhalí!”
Su ardiente corcel, los tallos
De la hierba pisotea,
Y van tras él sus vasallos
Rasgando el viento, que orea
El sudor de los caballos.

Los perros sueltan a trechos
Mil ardientes resoplidos;
Rompen malezas y helechos,
Y se muestran satisfechos
Lanzando fuertes ladridos.
A estos compañeros fieles
Contestan con furia extraña
Los cuernos y los corceles,
Y caballos y lebreles
Estremecen la montaña.

Del sol el rubio fulgor
Ilumina en tono vario,
En el día del Señor,
La flecha del campanario
Que absorto mira el pastor.
Y la voz arrulladora
De la campana que ora
Lanzando alegres clamores.
Marca del rezo la hora
A los hombres pecadores.

Pero el Wildgrave galopa
Arrollando cuanto topa,
Y a sus gentes dice así:
“¡Alhalí!
Siga adelante mi tropa.
¡Alhalí!”
Dos arrogantes señores,
Para la caza dispuestos,
En caballos corredores
Vienen de sitios opuestos
A unirse a los cazadores.

¡Ah ¿Por ventura se sabe
Quiénes son los caballeros
Que sobre potros ligeros
Acompañan al Wildgrave
Por tan ásperos senderos?
No; mi labio no los nombra
Ni a descubrirlos se atreve:
Llevan por la verde alfombra,
Uno, un caballo de nieve,
Otro, un caballo de sombra.

El de la derecha es bello
Cual del sol el tibio rayo;
Su ensortijado cabello
Es un pálido destello
De las espigas de Mayo.
El otro tiene en sus ojos
Una mirada sombría,
Cuyo fulgor causa enojos,
Y de sus párpados rojos
Brota un fuego que extravía.

El Wildgrave placentero
Agita al aire el sombrero,
Y dice, muy complacido:
-Bien venido, caballero:
Vos seáis muy bien venido.
De valiente tenéis traza;
¿Decidme si hay en la guerra,
Que a los pueblos embaraza,
Ni sobre el mar o la tierra
Placer igual a la caza?

El de las guedejas de oro
Dice con voz insinuante:
-Wildgrave, deja al instante
Deja tu cuerno sonoro,
Y no a las fieras espantes;
Deja ese profano ruido
De perros y de corceles
Que el viento han ensordecido;
De la campana el tañido
Oye, y reza con los fieles.

Renuncia a esa cacería
Que la voz de Dios maldice
Por funesta en este día;
La campana te lo dice
Con sus toques de alegría.
Oye los fieles acentos
Del que hoy en tu bien se afana:
Son críticos los momentos,
Y acaso sientas mañana
Tardíos remordimientos.

Pero el negro cazador.
Con voz bronca y de estertor.
Dice, irguiéndose en su talle:
-Adelante, por mi honor,
Recorramos todo el valle.
Dejad a esos monjes ruines
Que en sus celdas solitarias
Empleen con negros fines
Sus campanas, sus maitines,
Sus cilicios y plegarias.

El Wildgrave, oyendo al otro.
Más el galope apresura,
Clavando ya en su locura
Las espuelas en el potro.
Que rompe la tierra dura.
-¿Quién por oir tus sermones-
Dice al joven caballero-
Deja trailla y halcones
Y todas las emociones
De un placer tan verdadero?

Si no quieres tu reposo
Turbar siguiendo mi ejemplo,
Ya que eres tan religioso,
Busca en el oscuro templo
Al vulgo supersticioso.
-Tú has hablado con razón,
Dice al del negro bridón,
Animándonos así:
¡Alhalí!
Prosiga la diversión:
¡Alhalí!

Sale de espeso ramaje
Por medio de un salto breve,
Lleno de miedo y coraje.
Un ciervo, cuyo ropaje
Es más blanco que la nieve.
Y el Wildgrave al verle así,
Constante en su ardor eterno.
Entona con frenesí
En el plateado cuerno
Las notas del ¡Alhalí!

Un aldeano imprudente
Se atraviesa en los senderos;
Mas cual huracán rugiente
Pasan sobre él velozmente
Caballos y caballeros.
¿Qué importa, voto a Luzbel,
Que se viva o que se muera?
Siga la veloz carrera
Y cargue el diablo con él.
Si algo de él sacar espera.

¿Tras esa cerca sencilla.
Veis un campo que presenta
Fecundada la semilla,
Con la luz del sol que brilla
Y sus espigas calienta?
¿No veis también que rendido,
Con ademán serio y grave,
El semblante encanecido.
Está a los pies del Wildgrave
Un labrador afligido?

-¡Gracia, gracia, buen señor!
Esos bienes respetad
Que ha adquirido el labrador
Con las gotas del sudor
Que riegan su propiedad.

El piadoso caballero
Por el anciano suplica:
El otro, el del rostro fiero.
La presa al Wildgrave indica,
Que huye al final del sendero.
Y el Conde, que nada atiende
Y nada ve en tal momento.
Sobre su corcel se tiende,
lanzando un juramento.
Con las espuelas le ofende.

-Apártate, ruin vasallo;
No atentes a mi derecho.
Porque si en cólera estallo.
Van a destrozarte el pecho
Los cascos de mi caballo.
Y tocó el cuerno rugiente,
Y para animar la gente
Gritó frenético así:
“¡Alhalí!
Nadie detenerme intente
¡Alhalí!”

Tan pronto como amenaza.
Salta de un bote en seguida
La cerca que le embaraza,
Y se lanza a toda brida
Para proseguir la caza.
Y tras él en la heredad
Entran con ferocidad
Caballeros y vasallos
Y lebreles y caballos.
Cual furiosa tempestad.

Sobre las mieses doradas
Cae el diabólico enjambre,
Y entre las pisoteadas
Espigas, ya destrozadas.
Surge el espectro del hambre.

De nuevo el ciervo perdido
Fácil huida procura.
Por los perros perseguido,
Saltando por la llanura
Y por el valle florido.
Viendo que falta a su aliento
La vida que presta el viento,
Y que va a caer sin duda,
Con una treta se ayuda
Que ha de ser su salvamento.

La soledad trae consigo
En tal huida mil daños,
Siendo su propio enemigo,
Y él busca entre los rebaños
Seguro y fácil abrigo.

Pero a través de los piados,
Y los montes y vallados,
El Wildgrave le adivina,
Y el toque de su bocina
Conduce a los rezagados.

Cae a sus pies el pastor
Exhalando amargas quejas,
Y dice: -Noble señor,
Respetad estas ovejas;
No tengo otro bien mejor.

El piadoso caballero
Por el anciano suplica;
El otro, el del rostro fiero.
La presa al Wildgrave indica.
Que huye al final del sendero.
Y el Conde, que nada atiende
Y nada ve en tal momento,
Sobre su corcel se tiende,
Y lanzando un juramento.
Con las espuelas le ofende.

Y suenan los despiadados
Lamentos del cuerno allí,
Y los brutos excitados
Al toque del alhali,
Atropellan los ganados.

Aquella furia homicida
No hace caso de las quejas
Que lanza voz dolorida.
Y cae el pastor sin vida
Entre las muertas ovejas.
El ardiente vocerío
Que muchas leguas alcanza.
Del cuerno el toque sombrío,
Al ciervo da nuevo brío,
Y se pierde en lontananza.

Ligero como una pluma
Corre, evitando su daño,
Lleno de sangre y de espuma
Y busca en la espesa bruma
La celda de un ermitaño.

Ya le cercan a porfía;
Ya rematarle parece
La tropa con saña impía,
Y la capilla estremece
El eco de la jauría.

El piadoso anacoreta
Avanza grave y tranquilo,
Y dice a la turba inquieta:
-¿Quién es el que no respeta
Del Señor el santo asilo?

El ser más pobre y malhecho
De toda la creación.
Tiene un sin igual derecho
A la santa compasión.
Que yo invoco en su provecho.
Si el orgullo, con torpeza,
Le priva de la esperanza
Que demanda su flaqueza.
De Dios la justa venganza
Caerá sobre tu cabeza.

De los dos desconocidos.
Uno implora con voz suave;
El otro, con atrevidos
Juramentos, del Wildgrave
Lisonjea los sentidos.

-Yerre o acierte al obrar,
Sagrado tu altar o no,
Tu culto desprecio yo,
Y no me hará retirar
Ni aun el Dios que te inspiró.

Dice con airado acento.
arranca con la cuadrilla;
Mas de pronto gime el viento,
piérdense en un momento
Ciervo, ermitaño y capilla.

Caballos y caballeros,
Criados y cazadores.
Ladridos, relinchos fieros,
Y los ecos lastimeros,
Y los alegres clamores.
Nada ya se manifiesta
En el espacio vacío,
Y al ruido de aquella fiesta
Únicamente contesta
El silencio más sombrío.

Dirige el Conde transido
De horror, en torno de sí,
Su mirada distraído;
Quiere gritar, pero allí
Su voz no tiene sonido.

Ningún rumor le revela
El ladrido agudo y breve
Del perro que atento vela:
Hinca al caballo la espuela,
Y el caballo no se mueve.

Sombra oscura y tenebrosa
Le finge extraños arcanos,
Como lo es la de la fosa,
Donde el cadáver reposa
Roído por los gusanos.

De aquel silencio terrible,
De aquella espantosa nada,
De un sitio antes apacible,
Surge una voz, abortada
Por algún labio invisible.

Grita así con timbre airado:
-¡Opresor de lo creado!
Del pobre, vil homicida
Y verdugo, la medida
De tu copa se ha llenado.

Desde el monte a la ladera
De hoy más, en valles y cerros,
Por el bosque y la pradera,
Serás tú propio la fiera
Que perseguirán los perros.
Y en tu desgracia inaudita
Y desaliento profundo
Sabrás que el ser más inmundo
Es obra de la infinita
Voluntad del que hizo el mundo.

La voz calla: los destellos
De lívida luz flamean.
Y el cazador ve con ellos
Que se erizan sus cabellos
Sobre su frente, y blanquean.

Frío sudor le domina;
El huracán se desata;
La tempestad se avecina,
Y ya el rayo le ilumina
Con su manto de escarlata.

Los collados se estremecen
abortan el fuego eterno;
Gritos la tierra ensordecen,
en los aires se aparecen
Las traillas del infierno.

¿Qué cazador las azota
Con su látigo de llama.
Mientras en sus ojos brota
La claridad, que denota
El fuego que así le inflama?

El Wildgrave pierde el tino
Y huye, por burlar aquel
Incomprensible destino,
Dejando a trozos su piel
En las zarzas del camino.
Pero el cazador ufano.
Con el látigo en la mano,
A los perros dice así:
“¡Alhalí!”
Y dice el eco lejano:
“¡Alhalí!”

Con sobresaltos crecientes
Huye el Conde por los cerros,
Viendo cerca, relucientes,
Los blancos y agudos dientes
De los iracundos perros.

Esta horrible y cruda guerra
Vivirá siempre latente
Hasta que vuelva la tierra
Al caos, que solamente
El soplo de Dios encierra.
Tiene lugar por el día
En el abismo ignorado;
Cuando la luna ha asomado.
Prosigue la cacería
En el bosque enmarañado.

Ése es el ruido a que atiende
El labrador con pavura,
Cuando la sombra se extiende,
Y la sombra le sorprende
En medio de la llanura.
A estos extraños clamores
De invisibles cazadores,
Cuando apaga el sol su luz,
Hace el signo de la cruz
Entre angustiosos terrores.

Vela el sacerdote, y ora
En aquella infame hora
En que una voz dice así:
“¡Alhalí!”
Y entre la sombra traidora
La brisa murmura y llora:
“¡Alhalí!”


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