Túnez y Marruecos, un rincón colorido de la costa norafricana


Túnez y Marruecos lograron su respectiva independencia en el año 1956. Túnez había sido antes de esa fecha protectorado francés, y con anterioridad una plaza bajo soberanía turca. Viven en su territorio, limitado al Norte y al Este por el Mediterráneo, al Oeste por Argelia y al Sur por el Sahara, unos cuatro millones de habitantes, de los cuales más de tres millones y medio son tunecinos nativos. La ciudad capital es Túnez, y otras importantes son Sfax, Bizerta y Kairuán. Esta última es la ciudad sagrada del Moslem, adonde acuden los peregrinos durante todo el año. Túnez es una hermosa ciudad, con todo el encanto y el misterio del África árabe; está unida al mar por un canal de diez kilómetros, a través del lago de Túnez. A unos quince kilómetros de la ciudad, los historiadores sitúan el emplazamiento de Cartago, la poderosa capital fenicia destruida por los romanos.

Marruecos estuvo dividido desde 1912 en tres zonas, cada una de ellas bajo el protectorado extranjero: uno español, otro francés y un tercero internacional, en la zona de Tánger. Esa situación cesó en el curso de 195G, y el sultán Sidi Mohamed ben Yussef, que sucedió a su padre en 1927, fue proclamado soberano de la nueva monarquía independiente, que limitan el Atlántico, el Mediterráneo, Argelia y el Sahara español. El sultán ejerce la suprema autoridad civil, religiosa y militar. Reside usualmente en Rabat, y ocasionalmente en las otras capitales tradicionales: Fez, fundada en 808, y Marrakech o Marruecos, fundada en 1062.

Marrakech es tal vez la ciudad más interesante del sultanato. Al aproximarnos a ellas vemos las rosadas murallas que la rodean como un cinturón a lo largo de once kilómetros: la vista que se nos ofrece no debe diferenciarse mucho de la que presentaba al viajero de siglos atrás. Sus calles, especialmente aquellas estrechas y con escalinatas, por donde los automóviles no pueden circular, se muestran exactamente iguales a como han sido siempre: beréberes con chilabas de pelo de cabra, vigorosos sudaneses de lanosa cabellera, mercaderes, mendigos y mujeres con coloridos vestidos, son atropellados por muchachos que van a la carrera tras un cerdo O un pollo, en tanto resuenan voces en plañidero tono, ruido de cacharros y el tañer del been o flauta típica del encantador de serpientes. Marrakech será por muchos años la pintoresca ciudad de los mil idiomas, como la Babel bíblica.

Tetuán, Ceuta y Melilla son las ciudades más importantes de lo que fue el Marruecos español. Ceuta difiere poco de una ciudad europea: en cambio, las fortificaciones de Melilla nos hablan de su prosapia islámica, y Tetuán, ciudad santa para los moros, es residencia del jalifa o representante del sultán.

Tánger, con 80.000 habitantes, es una plaza típica, en la que el barrio nativo, la kashbá, ha sido escenario de mil y una novelas o películas de aventuras; aureolas de leyenda y de vidas peligrosamente llevadas enmarcan la kashbá, en cuyo perímetro se halla la mezquita de su nombre. Un verdadero laberinto de callejas, pasadizos, azoteas comunicantes, pasillos aéreos, dan, en verdad, a este barrio de Tánger una fisonomía singular que lo distingue de cualquier otro lugar del mundo.

Se estiman en más de nueve millones los habitantes de Marruecos; en su mayoría son nativos que profesan la religión islámica; unos 500.000, europeos, de los cuales los católicos cuentan con un obispo en Rabat, y unos 200.000 judíos, cuyo número tiende a disminuir.

La educación se imparte a través de escuelas, muy elementales en su mayoría, en las que la base de la enseñanza es el Corán. Empero, en la antigua ciudad de Fez se halla la Universidad de Kairoween, que goza de alta reputación en el mundo islámico, y en Rabat, el Instituto Marroquí de Estudios Superiores.

La agricultura es la principal fuente de riquezas de Marruecos.