Una escena que ha alumbrado el sol durante siglos y siglos


Admire el Nilo, cuyo curso, ejecutando un trabajo prehistórico como hace diez mil años, corre frente a majestuosas ruinas de grandes palacios y orillas alineadas con palmeras, y extienda su vista al turbio fondo del distante desierto que parece levantarse contra el firmamento, esas grandes pirámides, las de Gizeh, a quince kilómetros de distancia, que se distinguen perfectamente, y las de Sakkara, más distantes todavía, que se divisan en la lejanía del horizonte.

La impresión de paz, de quietud, es inolvidable para quien tiene la fortuna de contemplar ese paisaje.

Descanse un momento en la ciudadela; contemple la puesta del sol sobre todas estas grandezas, y extienda su vista a esta llanura que se dilata a sus pies, en donde tantos imperios han nacido para no tardar en desaparecer en el correr de los siglos.

Pueble la arena con los grandes inmortales: Napoleón, Julio César, Marco Antonio!, Cleopatra, Alejandro Magno, Moisés! y los faraones; y luego baje poco al poco la colina y contemple las reliquias de esta extraordinaria grandeza y enmudezca de admiración ante la intensidad de vida que todo esto significa. Al llegar a la falda, tome un coche que ha de conducirle a quince kilómetros de distancia, y apenas habrá recorrido cinco, penetrara en una avenida bordeada de árboles, “la avenida que nunca acaba”,;a cuyos lados descubrirá naranjos,! bananeros, dátiles en los jardines, y trabajando en los campos, labradores! vestidos de blanco.