PERIQUILLO Y LAS ALUBIAS MARAVILLOSAS


Vivía en una casucha a orillas de un gran bosque una viuda pobre en compañía de su único hijo Periquillo.

Era tal su pobreza que más de una noche hubieron de acostarse sin cenar; y andando el tiempo empeoró de tal suerte su situación, que la viuda determinó vender su vaca, que era toda su riqueza. Púsose, pues, Periquillo en marcha, con su vaca, resuelto a hacer el mejor negocio posible.

En el camino encontró a un hombre que llevaba en la mano un saquito lleno de judías.

Encaprichóse Periquillo con ellas y se las pidió al caminante.

-De ninguna manera -replicó éste-; son alubias mágicas. Si las quieres, dame por ellas tu vaca.

Accedió a ello el muchacho, y el hombre, satisfecho de la adquisición, alejóse con su vaca, mientras Periquillo corría a casa para enseñar las judías a su madre. Cuando oyó la pobre mujer la historia, fue tal su ira por la necedad de su hijo, que tomando las alubias las arrojó por la ventana violentamente.

Acostóse aquella noche Periquillo malhumorado, pero al levantarse a la mañana siguiente, fue grande su sorpresa al contemplar un extraño espectáculo delante de su ventana. Le pareció ver un árbol gigantesco, pero al acercarse a él vio que no era tal, sino que las judías maravillosas habían crecido prodigiosamente, entrelazándose de tal modo, que llegaban a gran altura, pues la cima de la enorme planta se perdía de vista.

En un santiamén púsose Periquillo a trepar por la planta arriba, hasta que empezó a perder el aliento. Cuando, finalmente, llegó a la punta, se encontró en un extraño país. Curioso echóse a andar por un sendero, donde le salió al paso una vieja, la cual, con gran sorpresa suya, lo llamó por su nombre con la mayor naturalidad.

-Periquillo, tú no me conoces, pero yo a ti sí. Hace algunos años un ogro mató a tu padre y le robó una fortuna que te pertenecía. El ogro vive todavía, y si quieres vengarte de él, yo te ayudaré.

Contestóle el muchacho, emocionado, que no deseaba otra cosa, y así le preguntó dónde vivía el ogro asesino de su pobre padre.

-En aquel gran castillo, allá abajo -le respondió la vieja, que era una bruja; y dicho lo cual desapareció.

Dirigióse Periquillo al castillo que la bruja le había indicado, y habiendo llegado a él, subió valeroso la escalinata y llamó a la puerta. Abrió el postigo una mujer a la cual el joven suplicó le diese albergue por una noche nada más.

-¡Infeliz! -repuso ésta-. ¿No sabes que mi marido es un ogro y que, si te ve, te asará en el horno para después comerte? No me atrevo a abrirte la puerta.

Mas Periquillo, que no tenia nada de cobarde, le dijo:

-¿Y no podrías esconderme en algún sitio?

-Está bien; haré todo lo que pueda -añadió la mujer-; pero antes prométeme que apenas apunte el día, lo primero que has de hacer es escapar.

Prometióselo Periquillo, y así la mujer del ogro lo llevó a la cocina, donde le sirvió una buena cena: no había aún terminado el muchacho de comer, cuando se oyó un tremendo aldabonazo, en la puerta del castillo.

-Date prisa -dijo la mujer a su convidado-, salta al horno y no hagas ruido hasta que mi marido se haya ido a la cama.

Escondióse Periquillo en el horno, y en el mismo momento entró el ogro en la cocina.

-¡Aquí huele a carne fresca! -exclamó con voz terrible que hizo temblar al pobre muchacho que estaba dentro del horno.

-¡Qué tonterías tienes! -le respondió su mujer-. Siéntate a comer; mira qué buena cena te he preparado.

Era, en efecto, la cena tan apetitosa, que el ogro no tardó en sentarse a la mesa, para recrearse con tan sabrosos manjares, y cuando hubo terminado, mandó a su mujer le trajese su gallina favorita. Salió ella y volvió al poco rato con una hermosa gallina, que colocó sobre la mesa.

--Gallinita mía, pon un huevo -le ordenó el ogro-; e inmediatamente rodó por la mesa un huevo de oro.

-¡Esa gallina es una verdadera mina! -se dijo Periquillo.

Cayó el gigante en profundo sueño a los pocos momentos, lanzando tan sonoros ronquidos que hacían retemblar las paredes. Al oírlos, saltó Periquillo de su escondrijo, se apoderó de la gallina y apretó a correr por aquellos campos; pronto llegó a las ramas de su planta maravillosa, por la que se fue descolgando poco a poco hasta llegar al suelo.

Lleno de gozo, corrió a su casa y refirió a su madre cuanto le había sucedido. La viuda le escuchaba maravillada y orgullosa de tener un hijo tan valiente. Luego vendieron los huevos de oro de la gallina prodigiosa, y con el producto de la venta vivieron con gran comodidad por algún tiempo.

No satisfecho Periquillo con aquella aventura, quiso ir en busca de otras, y así, un día, después de disfrazarse convenientemente, trepó por la planta arriba; y por el antiguo camino se dirigió al castillo, pidió a la mujer del ogro le diese de comer y le indicase dónde podría pasar la noche tranquilo y abrigado.

Mas aquélla sacudió negativamente la cabeza, y refirió al desconocido el pago que le había dado un granujilla a quien días atrás acogió en su casa, el cual había desaparecido llevándose una gallina que su marido tenía en gran estima. Indignóse Periquillo ante tal ingratitud, e insistió tanto que, al fin, la mujer consintió; lo introdujo en el castillo y lo escondió en un arca.

Volvió el ogro de sus correrías, y al entrar en la cocina gritó con espantosa y tonante voz.

-¡Aquí huele a carne fresca!

-¡Qué tonterías tienes! -contestó la mujer-. Siéntate a comer; mira qué cena le he preparado.

Cenó el ogro, y cuando hubo acabado, murmuró roncamente:

-Tráeme mi talega de oro.

Púsola su mujer sobre la mesa, y el marido, después de recrearse contando las monedas, las volvió a encerrar en el saquito y se quedó profundamente dormido.

Rápidamente salió Periquillo del arca, cogió el dinero y huyendo del castillo no tardó en hallarse en compañía de su madre.

-Madre, no debas tener reparo en gastar este dinero -le dijo, sacándose las monedas a puñados de sus bolsillos-, pues aquel hombre malvado se lo robó a mi padre, y por consiguiente, es nuestro.

Transcurrió algún tiempo, y un día encaramóse de nuevo Periquillo por el tronco de la gigantesca planta para ir por tercera vez al castillo del ogro, pero ahora procuró no ser visto de la mujer, y así, después de esperar a que cayese la tarde, logró deslizarse has-la la cocina y ocultarse dentro de una cacerola, antes de que volviese el monstruoso ogro.

-¡Aquí huele a carne fresca! -prorrumpió éste, deteniéndose en la puerta de la cocina.

-¡Por Dios! -le contestó su mujer-, siempre estás imaginando que hay alguien escondido en casa. Por esta vez te equivocas, como siempre.

Después que el gigante hubo cenado pidió su arpa. Trájosela su mujer y dejándola sobre la mesa, a una sola palabra del monstruo el arpa comenzó a tocar por sí sola.

Deleitábase tanto Periquillo con aquella música, que al atisbar por el borde de la cacerola, y ver el mágico instrumento, determinó hacerse dueño de él. Apenas quedó dormido el ogro, saltó Periquillo fuera de la cacerola, arrebató el arpa, y escapó de la cocina. Mas he aquí que el arpa estaba encantada, y no bien la hubo cogido el ladronzuelo, sus finas cuerdas gritaron: “¡Señor amo, señor amo!”

Despertó el ogro sobresaltado, y viendo lo que pasaba, se abalanzó sobre Periquillo, pero éste corría que se lo llevaba el diablo. Jadeante saltó a la columna que formaba la planta de las judías, y por ella se descolgó con tal presteza, que al poner su pie en tierra, el ogro apenas si había llegado a medio camino.

Viendo el pequeño que no quedaba un minuto que perder, gritó a su madre a todo pulmón:

-Madre, madre, traedme pronto el hacha, que el ogro está bajando.

Acudió con ella precipitadamente la madre, y Periquillo de un solo hachazo tronzó la planta bienhechora.

Al caer el ogro en tierra, retumbó su cuerpo con espantoso estrépito, y así acabó su miserable vida.

Madre e hijo vivieron felices muchos años, y cuando Periquillo se hizo un hombre, se enamoró de una hermosa princesa, con la cual se casó, pues ya entonces poseía grandes riquezas y sus aventuras le habían proporcionado mucha fama.