LOS CINCO CRIADOS DEL PRÍNCIPE


Hace muchísimos años vivía una princesa tan hermosa y encantadora que todos la adoraban. Pero, a pesar de todo el cariño y de toda la admiración con que continuamente era festejada, la princesa no podía ser feliz, porque tenía la más cruel de las madres, mujer que sólo estaba contenta cuando veía desgraciados a los que la rodeaban.

Se comprenderá fácilmente que con semejante reina no era el palacio real el mejor sitio para vivir con tranquilidad; y la princesa, naturalmente, aguardaba con ansia el dichoso día en que algún buen príncipe se enamorase de ella, y se la llevase a su palacio. Pero ¡ay! no bien aparecía un pretendiente, la reina le imponía como precio de la mano de su hija alguna empresa imposible de realizar y aun con la condición de que el fracaso significaría nada menos que la muerte. Así es que el pobre joven pretendiente no sólo perdía la novia, sino también la vida.

Un día, mientras la princesa estaba paseándose por el bosque con sus doncellas, y preguntándose si habría en todo el mundo otro ser tan desgraciado como ella, acertó a pasar por allí, montado en soberbio alazán, un joven y apuesto príncipe.

-¡Hermosa muchacha! –exclamó éste. Y estuvo mirándola encantado hasta que se perdió a lo lejos.

El resultado fue que el príncipe se enamoró ardientemente de la princesa y determinó conquistarla. Al día siguiente, sin perder tiempo, encaminóse al palacio real. En las cercanías de un bosque, por el cual había de pasar forzosamente, observó un cuerpo extraño que tomó por un animal muy grande, tendido en medio del camino; pero, al aproximarse a él, vio con sorpresa que no era un animal sino un hombre y el hombre más enorme que había visto en su vida.

Lo tocó el príncipe con el pie y el hombre se levantó y dijo:

-¿Necesitáis un criado?

-Si lo necesitase -replicó el príncipe-, no sé qué podría hacer de un hombre tan voluminoso como tú.

-¿Qué os importa mi volumen -contestó el hombre- con tal de que cumpla mis funciones a conciencia?

Agradó tanto al príncipe esta contestación, que lo tomó desde luego a su servicio. Habían caminado ya un buen trecho cuando el príncipe tropezó con otro hombre que estaba echado en la hierba con el oído pegado en tierra en actitud de escuchar atentamente.

-¿Qué haces ahí? -preguntóle.

-Escucho -dijo el hombre-; desde aquí puedo oír todo lo que se dice por el mundo entero.

-Algún día podrás serme de mucha utilidad; sígueme.

No habían ido muy lejos, cuando hallaron dos pies; un poco más adelante dos piernas; más allá un tronco humano, y después una cabeza.

-¡Bendito sea Dios! -exclamó el príncipe-. ¡Vaya un hombre extraño!

-¡Oh! -replicó el hombre-, esto no es nada comparado con lo que puedo hacer cuando me estiro cuan largo soy. Si me place, puedo hacerme tres veces más alto que la montaña más elevada del mundo.

-Sígueme -dijo el príncipe-, algún día utilizaré tus valiosos servicios.

Murmuró el hombre algunas palabras para sí, y en el mismo instante volvió a tomar su forma normal.

Continuó su camino aquel extraño grupo, hasta que encontraron a otro hombre sentado y tomando el sol, un sol fulminante; aquel hombre, sin embargo, tiritaba como si estuviese febril.

-¿Estás enfermo acaso, que tiritas con ese calor? -preguntóle bondadosamente el príncipe.

-Realmente, algo debo de tener -dijo el hombre- porque el sol en vez de calentarme me hace estremecer de frío, en tanto que éste y el hielo del invierno me causan tal impresión de calor, que me desvanezco con mucha frecuencia.

-Es un caso muy raro el tuyo -dijo el príncipe-, pero como parece que no tienes nada que hacer, te tomo a mi servicio; sígueme.

Un poco más allá encontraron a un hombre que estaba escudriñando cuanto pasaba a su alrededor, sosteniéndose sobre las puntas de los pies.

-¿Qué miras con tanto afán? -preguntóle el príncipe.

-Estoy contemplando el mundo -replicó' el hombre-. Tengo la vista tan fina y tan penetrante que puedo ver el mundo de un extremo a otro. Si necesitáis un criado, quizás os podría ser de mucha utilidad.

-Cierto que sí -repuso el príncipe-; sígueme.

Cuando llegaron al palacio real, el príncipe fue acompañado inmediatamente a las habitaciones de la reina, a quien pidió al punto la mano de la bella princesita.

-El hombre que la pretenda -dijo la reina-, deberá ganársela.

El príncipe, preparado ya para recibir esta respuesta sin sorprenderse, preguntóle qué debía hacer para poderse casar con la princesa.

-Tres cosas -replicó la reina-. Primeramente traerme la sortija que se me cayó en el mar Rojo.

-Esto es muy sencillo -dijo el criado que podía estirarse hasta alcanzar con la mano la altura de la montaña más elevada de la tierra.

-Mirad, señor, allí está -exclamó el de la vista fina y penetrante-; al lado de aquella roca verde.

Estiróse al punto el hombre alto hasta alcanzar toda su estatura, se inclinó y recogióla.

La reina se puso furiosa, cuando el príncipe le entregó la sortija, aunque procuró disimular el estado de su espíritu.

-Muy bien -dijo ella, pero acaso no hallaréis tan fácil la segunda condición-. Veamos. Allá abajo hay un centenar de bueyes gordos; tenéis que coméroslos antes del mediodía, y en la bodega hay cien, bocoyes de vino que habréis de beberos sin dejaros ni una gota.

-¿Me permite Vuestra Majestad tener un convidado? -preguntó el príncipe.

-¿Cómo no? -contestó la reina, riéndose desdeñosamente:-. Uno, pero solamente uno.

Volvióse el príncipe y halló a su lado al criado gordo.

-Dejad esto por mi cuenta, señor -dijo contentísimo de poder hincar el diente a su placer.

Al mediodía no quedaba ya de tan opíparo banquete, más que un centenar de bocoyes vacíos y un montón de huesos pelados.

Esta vez, apenas podía la reina contener su despecho.

-Tal vez no podréis con la tercera condición; tan difícil os ha de ser -dijo-: Al ponerse el sol conduciré a mi hija a vuestras habitaciones y la dejaré a vuestro cuidado. Pero procurad que la encuentre en ellas cuando yo vuelva a medianoche.

-Esto no me parece imposible -pensó el príncipe; con la ayuda de mis cinco criados creo que podré arreglármelas para tener a la princesa bien guardada.

Al oscurecer llegó la princesa. El príncipe la invitó a que se sentara en un banquillo al pie de la ventana. La reina se marchó. Tan pronto como la puerta se hubo cerrado tras ella, dio el príncipe una palmada e inmediatamente pusieron sus criados manos a la obra para la debida vigilancia. Estiróse el hombre alto en toda su longitud y enrollóse como un cable alrededor de la casa, dando varias vueltas e interceptando así la entrada y salida completamente. El hombre de la vista fina púsose a vigilar los más leves movimientos de la reina, y el del oído maravilloso echóse en tierra para escuchar con toda atención posible.

En la habitación reinaba el silencio más profundo. La Luna dejaba caer su luz blanca por la ventana abierta sobre el rostro de la bella princesita, que, sentada y con las manos cruzadas, contemplaba distraídamente las estrellas; y detrás, de pie, en la penumbra, estaba el príncipe admirando extasiado la maravillosa belleza de la joven princesa.

Súbitamente, al dar el reloj las once, la vieja reina arrojó un hechizo sobre ellos, y quedaron sumidos en un profundo letargo, durante el cual desapareció la princesa. Pero la reina, aunque era muy lista, carecía del poder del encanto un cuarto de hora antes de las doce de la noche, y mientras el reloj daba las campanadas despertaron todos. El príncipe púsose inmediatamente de pie.

- ¡Oh, qué desgracia! ¡Mi bella princesa ha desaparecido! ¡Todo se ha perdido! -exclamó.

-¡Ca!, no, señor -dijo el hombre del oído maravilloso-. Desde aquí la oigo llorar, pero el sonido viene de muy lejos.

-Yo la veo sentada en una roca encantada a cuatrocientos ochenta kilómetros de distancia -dijo el de la vista fina y penetrante.

-Descríbeme el sitio -dijo el hombre alto-, y la traigo aquí en menos de tres minutos.

Cuando la vieja reina volvió a las doce, quedó asombrada de ver a su hija sentada en el mismo sitio en que la había dejado.

-Tomadla; bien la habéis ganado -dijo al príncipe-. Pero al pasar junto a la princesa le murmuró al oído:

-Yo me avergonzaría de verme conquistada por una pandilla de criados despreciables.

Estas palabras hirieron tanto el orgullo de la princesa, que, volviéndose al príncipe, le dijo:

-Antes de aceptaros por esposo, uno de vuestros maravillosos criados ha de consentir en ser arrojado a una hoguera, donde ardan trescientos leños y permanecer allí hasta que el fuego se haya extinguido.

-Ya lo oís -dijo el príncipe a sus criados-. ¿Quiere consentir en ello alguno de vosotros?

-Yo, señor -contestó el hombre helado, adelantándose sin vacilar.

Trajéronse los leños y se encendió el fuego, y durante tres días enteros toda la corte contempló al hombre tendido en la ardiente pira, viéndolo tiritar y dando diente con diente como si estuviera helándose.

Cuando se hubo extinguido el fuego, el hombre de hielo levantóse de un salto y declaró que no había sentido tanto frío en todos los días de su vida.

La princesa, que estaba contentísima de que hubiese triunfado una vez más su hermoso amante, diole la mano a besar, e, inclinándose, el príncipe imprimió en ella un casto beso.

Como la vieja reina no podía alegar más excusas para aplazar la boda, fijóse día para celebrarla, y los desposorios se verificaron en medio del mayor entusiasmo, pues la princesa era el ídolo de su pueblo y el príncipe había demostrado claramente que era tan inteligente como hermoso.

Después de la ceremonia, la princesa, vestida con el traje más elegante y. más costoso que poseía y adornada con sus más valiosas joyas, encaminóse con el príncipe, su esposo, al real palacio, en donde fueron recibidos por los ancianos monarcas, y allí vivieron dichosos muchísimos años.


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