Cómo el saber requiere la lenta maduración del tiempo


Finalmente hemos de persuadirnos que el pensar bien requiere maduración y tiempo. Las cosas son púdicas y nunca se entregan en una sola vez, ni se entregan todas. Lo que sabemos es poco comparado con lo mucho que nos falta saber. Consideremos lo que los siglos acumularon en su diálogo con el Universo: no podemos ignorarlo, pues a partir de sus respuestas, debemos hoy empezar el nuestro. Consideremos la mirada múltiple con que la inteligencia puede asombrarse ante la Creación, esa multiplicidad que hemos de desarrollar en todas sus formas, pues no podemos contentarnos con la geometría lógica del razonamiento y descuidar la comunión poética de la intuición. Consideremos el engarce con que las ideas y los conceptos se relacionan entre sí y, sin cuya armonía, es imposible estructurar el mundo disperso en moldes de civilización y de cultura. Todo ello, como decimos, requiere tiempo. Hemos, pues, de construir nuestro conocimiento, tal como se levantaron las venerables catedrales del pasado: juntemos primero los materiales, doté-monos de todos los instrumentos y tracemos después los planos ideales con la grandiosidad y el aparato con que los puede soñar el corazón hambriento de saber. Pero, una vez hecho esto, sepamos esperar, sin confundir la piedra del cimiento con el arquitrabe del techo, o rebajar la nobleza del modelo a la pequeñez de ideas dispersas. Si azacanados por la premura no sabemos perseverar hasta comprender o retaceamos el impulso querencioso hacia nuestro ideal de conocimiento, nunca llegaremos a pensar bien. Dejemos, pues, que el solano de la espera calme nuestro afán desmedido y que el tempero del tiempo contribuya a la sazón de los frutos. Sepamos pensar.