Tartarín se ve al cabo en tierra de leones, y su primera hazaña


Despertóse con las fuerzas restablecidas, y el primer pensamiento que se le ocurrió, fue: “Por fin estoy en tierra de leones”. Pero esta idea le produjo un escalofrío que le hizo ocultarse instintivamente bajo la ropa de cama. Un momento después determinó levantarse, y exclamando: “¡Ea! ¡A vernos ahora con los leones!” Saltó del lecho y empezó a hacer sus preparativos.

Su plan era salir inmediatamente al campo, ponerse en emboscada por la noche, matar el primer león que pasase, y luego volver al hotel para tomar el desayuno. Así, pues, salió llevando no sólo su ordinario arsenal, sino también la extraña tienda de campaña patentada sujeta a la espalda con correas. Avanzaba ojo avizor con gran dificultad y, al descubrir la vista de un muy esbelto camello, su corazón palpitó fuertemente, porque pensaba que los leones no podían ya estar lejos.

La noche había cerrado; y nuestro héroe sólo había ido un poco más allá de los alrededores de la ciudad, gateando por barrancos y setos de zarzas, y después de fatigarse mucho, el bravo cazador se paró de repente, diciéndose a sí mismo: “Me parece que olfateo un león ahí cerca” mientras aspiraba fuertemente el aire en todas direcciones. Su excitada imaginación le hacía creer que probablemente habría un león en aquel sitio, por lo cual se echó en tierra sobre una rodilla, apuntó con una de sus escopetas y aguardó.

Así estuvo de espera con gran paciencia, una hora, dos horas; pero nada se movía. Luego súbitamente se acordó de que los grandes cazadores de leones toman consigo un cabritillo, para atraer al león con sus balidos, y habiendo él olvidado proveerse de uno, tuvo la feliz idea de ponerse a balar. Empezó suavemente, repitiendo “be, be” y en realidad él tenía miedo de que algún león pudiera oirle, pero como no parecía que hubiera león alguno que hiciera caso, se volvió más atrevido en sus “bes”, hasta que el ruido que hacía llegó a semejar el mugido de un toro.