Tartarín no da pruebas de ser un gran jinete cabalgando en un viejo camello


El príncipe le contó la más inverosímil historia de un convento del norte de África, en el que se guardaban leones para mandarlos con sacerdotes a pedir limosna. Le aseguró también que había grandes manadas de leones en Argelia, y que quería acompañarle en su cacería.

Así, pues, Tartarín salió a la mañana siguiente para la llanura del Sherif en compañía del príncipe Gregorio, y con un séquito de media docena de cargadores negros; pero en breve se le ofrecieron sus dificultades, tanto a causa de éstos, como por las provisiones que había tomado para su gran viaje. El príncipe le indicó que despidiera a los negros y comprara un par de asnos, pero a Tartarín le sacaba de quicio la idea de los borricos, por la razón que ya conocemos. Accedió, sin embargo, fácilmente a comprar un camello, y cuando se le hubo ayudado a montar sobre su joroba, deseó vivamente que la gente de Tarascón hubiera podido verle; pero su vanidad se curó rápidamente, porque halló que el balanceo del camello era todavía peor que el del barco en la travesía del Mediterráneo. Durante el resto de la excursión, que duró cerca de un mes, Tartarín prefirió andar a pie y guiar el camello.

Iban de aldea en aldea; y el príncipe refería siempre a Tartarín curiosas historias de leones que hallarían; pero nunca se veía ni siquiera rastros de ellos. Una noche, sin embargo, en el desierto, Tartarín estaba seguro de haber oído ruidos como los observados por él detrás de la casa de fieras ambulante de Tarascón; no le cabía duda de que, por fin, había allí cerca un león. Y así se previno a tomar la delantera y cazar a la fiera por sorpresa. El príncipe se ofreció a ir en su compañía, pero Tartarín rehusó su oferta resueltamente, pues quería habérselas mano a mano con el terrible rey de las fieras.