Tabaré, el hijo de los ceibos, al ver a Blanca piensa en su madre muerta


En la época en que se desarrolla la historia que relatamos, don Gonzalo de Orgaz, joven valiente y temerario, manda la plaza; en ella viven su esposa, doña Luz, y su hermana Blanca, hermosa doncella huérfana, a quien el guerrero protege como si fuera hija suya.

Un día:

“De una excursión al bosque
 “don Gonzalo y diez arcabuceros;
“fue eficaz la batida: un grupo de indios
“viene sombrío caminando entre ellos.”

Entre los prisioneros marcha un aborigen de ojos azules, pálido y muy triste; es Tabaré, el hijo de los ceibos, quien al ver a Blanca:

“La mira absorto, fijo, con el labio
“inmóvil y entreabierto;
“parece interrogar algo invisible,
“a si mismo, a su sombra, a su recuerdo.”

Aquélla es la primera mujer blanca que ha visto desde que perdió a su madre, siendo muy niño todavía. El recuerdo de la ausente se reaviva en el corazón del indio ante la presencia de Blanca, que es, para él, celeste aparición.

Pasan lentos los días de Tabaré en el estrecho cautiverio: se le ha asignado el caserío por cárcel. Don Gonzalo quiere probar en él, pues le ha visto rasgos y gestos distintos a los de los demás indios, si aquellos indómitos salvajes son dignos de redención.

Pálido y enfermo, Tabaré se pasea como una sombra sin mirar a nadie, sin hablar con nadie. Los soldados lo llaman “el indio loco” y también “el señor don Charrúa”, pero él pasa a su lado como si no existieran, indiferente a todo lo que no sea el enjambre de ideas y recuerdos que bulle en su cabeza, despertado a la vista de la joven española.

Un día, Blanca lo interroga; su voz conmueve al indio enfermo, quien la supone poseída de negro odio hacia los de su raza, y se lo recrimina. La joven, dolorosamente impresionada, le asegura que no es así, y Tabaré, al oiría, siente revivir sus recuerdos, piensa en su madre muerta, y le dice:

“Era así como tú...
“blanca y hermosa;
“era así... como tú.
“Miraba con tus ojos

“Hoy vive en tu mirada transparente
“y en el espacio azul...
“Era así como tú la madre mía,
“¡blanca y hermosa... ¡pero no eres tú!”