Orlando recobra la salud y vuelve triunfalmente a París


Con los más valientes capitanes del ejército estaba un día Astolfo en su tienda, tratando de los planes de campaña, cuando de repente redoblaron los tambores y se levantó en el campo un gran clamor. Astolfo y sus amigos corrieron hacia la orilla del mar para averiguar la causa del tumulto, y hallaron que lo producía un hombre salvaje, que desnudo había entrado en el campamento, sembrando la confusión. Con una enorme maza había ya dado muerte a un centenar de soldados, y en vano los demás le arrojaban flechas. Todos estaban asombrados de su fuerza sobrenatural, y discutían quién podía ser, cuando una dama que allí se hallaba, pronunció el nombre de Orlando, y conmovido hasta derramar lágrimas, Astolfo reconoció a su amigo. Todos los caballeros presentes quedaron abrumados de dolor, pero Astolfo les pidió su auxilio para sujetarle. Después de varias difíciles tentativas pudieron asegurarle por medio de cuerdas. Astolío mandó luego sumergirle en el mar siete veces consecutivas y corriendo a su tienda para buscar el precioso vaso, obligó a Orlando a que aspirara la sutil sustancia que contenía.

La locura de Orlando huyó instantáneamente. Le pareció que despertaba de una horrible pesadilla, sorprendido de verse desnudo y atado con cuerdas. Humilde y cortés pidió a los que le rodeaban que le libraran de sus ligaduras; los caballeros lo hicieron así, y le dieron al momento ropas con que cubrirse. Celebróse un festín con gran regocijo, y todos los presentes advirtieron que la inteligencia de Orlando parecía más poderosa, y su elocuencia y sabiduría mayores que en otro tiempo. Orlando descubrió que no podía acordarse ahora de Angélica sin sentirse lleno de horror; su alma estaba únicamente poseída del deseo de llevar a cabo heroicas hazañas, para borrar el recuerdo de su vergüenza y locura.

Desde aquel día combatió valiente e incesantemente contra los moros, y en favor de su patria y de su rey; y con su propia mano dio muerte al jefe de los sarracenos y a muchos otros capitanes. Por último, al terminar la guerra, Orlando se encontraba entre los que volvieron triunfalmente a París. La hermosa ciudad estaba adornada con arcos de triunfo, las mujeres arrojaban una lluvia de flores a los vencedores desde las ventanas, y el emperador Carlomagno condujo a sus bizarros paladines a su palacio, donde se celebraron los más espléndidos festines. En toda la ciudad se podía leer esta misma inscripción: “Bienvenidos sean nuestros grandes libertadores.”