SEGUNDA PARTE: La vuelta


Martín Fierro está de regreso en su pago, después de haber ?asado varios años entre los salvajes. ' en la "pulpería", rodeado de curiosos, vuelve a cantar al compás de la guitarra:

"Atención pido al silencio
Y silencio a la atención
Que voy en esta ocasión,
Si me ayuda la memoria,
A mostrarles que a mi historia
Le faltaba lo mejor".

"Viene uno como dormido
Cuando vuelve del desierto;
Veré si a esplicarme acierto
Entre gente tan bizarra,
Y si al sentir la guitarra
De mi sueño me despierto".

Recuerda luego cosas de su pasado y aclara que canta con el único objeto de procurar que se corrijan los males que él ha sufrido con tanta injusticia, esos mismos males que sufren todos los gauchos:

"Tanto el pobre como el rico
La razón me la han de dar;
Y si llegan a escuchar
Lo que esplicaré a mi modo,
Digo que no han de voir todos,
Algunos han de llorar".

"Mucho tiene que contar
El que tuvo que sufrir.
Y empezaré por pedir
No duden de cuanto digo;
Pues debe crerse al testigo
Si no pagan por mentir".

Cuenta, cómo, después de cruzar el desierto, llegaron con Cruz a las tolderías de los indios en momentos en que éstos estaban preparando un "malón", o sea un asalto a los pueblos cristianos; era un momento difícil y estuvieron a punto de ser muertos por los salvajes; pero los salvó la intervención de un cacique, aunque quedan como cautivos y deben vivir separados y sin poderse hablar siquiera por espacio de dos años.

Martín Fierro hace la descripción de la vida y costumbres indias, de los malones, de las borracheras descomunales a que se entregan los hombres y del sacrificio de las mujeres a las cuales les incumben todos los trabajos. Al fin, le permiten juntarse con su amigo Cruz, en la afueras de la toldería:

"Hicimos como un bendito
Con dos cueros de bagual",

es decir, una especie de ranchito precario para dormir y protegerse del sol y la lluvia.

"Fuimos a esconder allí
Nuestra pobre situación,
Aliviando con la unión
Aquel duro cautiverio".

Para colmo de males, poco tiempo después se declara la viruela -enfermedad terrible y frecuente a causa del desaseo de los indios-, y son muchas las víctimas que ocasiona. Muere el cacique que los había protegido y, para colmo de desgracias, también su compañero Cruz:

"Aquel bravo compañero
En mis brazos espiró;
Hombre que tanto sirvió,
Varón que fue tan prudente,
Por humano y por valiente
En el desierto murió".

La pérdida del buen amigo es para Martín Fierro un golpe terrible; no quiere a los indios con los cuales está obligado a vivir:

"Andaba de toldo en toldo
Y todo me fastidiaba".

Para hallarle consuelo a su pena, se allega cada día a la tumba de Cruz:

"Allí pasaba las horas
Sin haber naides conmigo
Teniendo a Dios por testigo
Y mis pensamientos fijos
En mi mujer y mis hijos
En mi pago y en mi amigo".

En tales momentos y en las afueras de la toldería, .se tropieza con un indio que castigaba brutalmente a una pobre cautiva; Fierro se indigna y sin pensarlo mucho, asume la defensa de la víctima:

"Yo no sé lo que pasó
En mi pecho en ese istante,
Estaba el indio arrogante
Con una cara feroz:
Para entendernos los dos
La mirada fue bastante".

Un duelo a muerte se entabla, armado el salvaje con sus boleadoras y el gaucho con su facón. La descripción de la pelea es hecha por el cantor con lujo de detalles hasta el momento en que consigue vencer a su rival.

"Dende ese punto era juerza
Abandonar el desierto,
Pues me hubieran descubierto;
Y aunque lo maté en pelea,
De fijo que me lancean
Por vengar al indio muerto".

No hay más remedio que huir y pronto; y así lo hacen, montando la cautiva en el caballo de Fierro y éste en el del indio. Pasan mil peripecias, escondiéndose de día y muchas veces sin comer. Pero logran salvarse:

"Al fin la misericordia
De Dios, nos quiso amparar,
Es preciso soportar
Los trabajos con costancia
Alcanzamos a una estancia
Después de tanto penar".

Ahora, ya de vuelta en su pago, la suerte de Martín Fierro empieza a cambiar, después de diez años de grandes sufrimientos:

"Y los he pasado ansí,
Si en mi cuenta no me yerro:
Tres años en la frontera,
Dos como gaucho matrero,
Y cinco allá entre los indios".

Con mucha satisfacción, se entera de que ya no será perseguido; el juez que lo tenía entre ojos no existe y las nuevas autoridades proceden con más corrección; sus faltas han sido olvidadas y nada debe temer ya. En sus andanzas y visitas a los amigos, tiene tristezas y alegrías; se entera de la muerte de su mujer, pero el dolor que le produce esta noticia es compensado con el encuentro de dos de los hijos que creía perdidos para siempre. Y allí están los mozos, escuchando al padre que, ahora, vuelve a ser el hombre de paz y trabajo que fuera antes:

"Concluyo esta relación,
Ya no puedo continuar,
Permítanme descansar,
Están mis hijos presentes,
Y yo ansioso porque cuenten
Lo que tengan que contar".

Entre los aplausos de los oyentes, el hijo mayor de Martín Fierro toma la guitarra y comienza:

"Aunque el gajo se parece
Al árbol de donde sale,
Solía decirlo mi madre
Y en su razón estoy fijo:
“Jamás puede hablar el hijo
Con la autoridá del padre”".

Luego cuenta las miserias que le tocó padecer desde chico para ganarse la vida; los malos tratos de que fue víctima, lo mismo de parte de los patrones que de la demás gente:

"No le merman el rigor
Los mesmos que lo socorren".
"Si lo recogen lo tratan
Con la mayor rigidez".

En ese desamparo transcurre su niñez; cuando la edad se lo permite, trabaja do peón en una estancia y es entonces cuando sufre la mayor injusticia; se ha cometido un crimen y aunque él es inocente, la gente de la justicia encuentra la manera de echarle las culpas para salvar al verdadero autor; la consecuencia es que va a parar a la cárcel, donde debe esperar el fallo definitivo:

"Inora el preso a qué lado
Se inclinará la balanza
Pero es tanta la tardanza,
Que yo les digo por mí
El hombre que dentre allí
Deje afuera la esperanza".

Sigue la descripción de lo que sufren los presos en la cárcel:

"Allá el día no tiene sol,
La noche no tiene estrellas".

La enumeración de sus desdichas, y los tormentos sufridos en aquel encierro, es larga y dolorosa. Pero, al fin, recobra la libertad:

"Y con esto me despido,
Todos han de perdonar
-Ninguno debe olvidar
La historia de un desgraciado-
Quien ha vivido encerrado
Poco tiene que contar".

A su vez, el hijo segundo de Martín Fierro recuerda que fue recogido por una tía, excelente mujer, que siempre lo trató bien:

"No tenía cuidado alguno
Ni que trabajar tampoco
Y como muchacho loco
Lo pasaba de holgazán;
Con razón dice el refrán
Que lo bueno dura poco".

Le duró poco, en efecto, pues, sobrevino la muerte de su protectora; cierto que de ella heredó una pequeña fortuna, pero:

"El Juez vino sin tardanza
Cuando falleció la vieja:
"De los bienes que te deja",
Me dijo, "yo he de cuidar,
Es un rodeo regular
Y dos majadas de ovejas".

Y el Juez, que sólo pretendía quedarse con la herencia, coloca al muchacho al cuidado de un tutor, un gaucho viejo:

"Que era medio cimarrón
Muy renegad, muy ladrón,
Y le llamaban Vizcacha".

Egoísta, borracho y lleno de mañas el tutor, al muchacho no le aguardan sino miserias a su lado: hambre, desnudez y miedo, porque el viejo Vizcacha era de muy mal carácter, tanto que, en una ocasión en que se encontraba postrado en la cama por enfermedad, recuerda el hijo de Martín Fierro:

"Nunca me le puse a tiro,
Pues era de mala entraña;
Y viendo lieregía tamaña
Si alguna cosa le daba,
De lejos se la alcanzaba
En la punta de una caña".

Salvo muy raras ocasiones, los consejos del tutor están siempre llenos de egoísmo, contemplan el interés personal y nada más:

"No te debes afligir
Aunque el mundo se desplome
Lo que más precisa el hombre.
Tener, según yo discurro,
Es la memoria del burro
Que nunca olvida ande come".

Al morir el viejo Vizcacha, el muchacho comienza a rodar, con la esperanza de juntarse un día con los bienes heredados de la tía:

"Y aguardando que llegase
El tiempo que la ley fija
Pobre como lagartija
Y sin respetar a naides.
Anduve cruzando al aire
Como bola sin manija".

Muchas cosas le suceden y hasta le toca ir a "servir en la frontera", como antes su padre. Ahora ha sido licenciado y:

"En mil penurias me veo
Mas pienso volver tal vez,
A ver si sabe aquel Juez
Lo que se ha hecho mi rodeo".

En ese momento, un forastero que se encuentra en la rueda:

"Le pidió la bendición
Al que causaba la fiesta".

es decir, a Martín Fierro. Y a continuación declara que se llama Picardía y es hijo del sargento Cruz, el fiel amigo compañero de Fierro, que encontró la muerte en el desierto, en la toldería de los indios. La alegría es así completa. Picardía cuenta lo que ha sido su triste vida hasta ese momento:

"Voy a contarles mi historia,
Perdónenme tanta charla
Y les diré al principiarla,
Aunque es triste hacerlo así,
A mi madre la perdí
Antes de saber llorarla".

"Me quedé en el desamparo,
Y al nombre que me dio el ser
No lo pude conocer;
Ansí, pues, dende chiquito,
Volé como el pajarito
En busca de qué comer".

Recogido por unas tías, no puede amoldarse a sus costumbres y las abandona; trabaja de cuidador de ovejas, se hace jugador de oficio, tahúr, porque hace trampas para ganar; y lo confiesa con toda franqueza:

"Yo sé defender mi plata
Y lo hago como el primero,
El que ha de jugar dinero
Preciso es que no se atonte".

"Un pastel, como un paquete,
Sé llevarlo con limpieza;
Dende que ha salir empiezan
No hay carta que no recuerde
Sé cual se gana y o se pierde
En cuanto cain a la mesa".

Estas malas artes y otras semejantes, le valen la malquerencia de las autoridades y Picardía cae preso, como un día cayó Martín Fierro, y es mandado a la frontera, a luchar con los indios y a padecer la vida del cuartel, donde el hambre es cosa de todos los días debido a la escasa provisión de víveres:

"Y explican aquel infierno
En que uno está medio loco,
Diciendo que dan tan poco
Porque no paga el Gobierno".

La verdad, según aclara el cantor, es que el gobierno paga y manda vestuario y alimentación para los soldados, pero los jefes y oficiales se apropian lo mejor; los sargentos y los cabos hacen otro tanto y a los pobres "milicos" les toca lo menos.

Al terminar su relación el hijo de Cruz, un negro que se encuentra entre los oyentes, desafía a Martín Fierro a cantar de contrapunto, es decir, a formularse por turno y en verso, preguntas que el otro ha de contestar también en verso, hasta que uno de los dos se dé por vencido ante la superioridad del adversario. Largo es el duelo; preguntas y respuestas variadas van y vienen por el tenor de éstas:

EL NEGRO

"Quiero saber y lo inoro,
Pues en mis libros no está,
Y su respuesta vendrá
A servirme de gobierno
Para qué fin el Eterno
Ha criado la cantidá".

MARTÍN FIERRO

"Uno es el Sol -uno el Mundo,
Sola y única es la Luna-
Ansí han de saber que Dios
No crió cantidá ninguna

El Ser de todos los seres
Sólo formó la unida
Lo demás lo ha criado el hombre
Después que aprendió a contar".

Al fin el negro se da por vencido; reconoce que:

"Es buena ley que el más lerdo
Debe perder la carrera
Ansí le pasa a cualquiera
Cuando en competencia se halla
Un cantor de media talla
Con otro de talla entera".

Y sigue:

"Y suplico a cuantos me oigan
Que me permitan decir,
Que al decidirme a venir
No sólo jué por cantar,
Sino porque tengo a más
Otro deber que cumplir".

El deber que menciona es vengar a un hermano, muerto por Martín Fierro, en duelo criollo, en sus tiempos de gaucho malo. Y Fierro, aunque se ha propuesto ser hombre de paz y trabajo, se ve enfrentado a un nuevo duelo, a menos de pasar por cobarde ante los que escuchan el desafío. Y se lamenta:

"Todos tienen que cumplir
Con la ley de su destino".

"Primero fue la frontera
Por persecución de un Juez
Los indios fueron después,
Y para nuevos estrenos
Aura son estos morenos
Pa alivio de mi vejez".

Pero los circunstantes intervienen y logran que no haya pelea:

"Martín Fierro y los muchachos
Evitando la contienda,
Montaron y paso a paso,
Como el que miedo no lleva,
A la costa de un arroyo
Fueron a echar pie a tierra".