La petaca que halló Gilliatt en la caberna de Douvres


Eran tres billetes de a mil libras esterlinas. ¡He ahí cual había sido el final de Clubín! El cuchillo de Gilliatt le había servido a éste para escapar a la misma horrible muerte.

Dos días después, al oscurecer, llegaba Gilliatt a Saint-Sampson y atracaba su balandra cerca de la casa de maese Lethierry. Traía todo cuanto se esperaba. Había realizado lo que todos tenían por imposible. Había sufrido, pero había ganado. Nadie tenía aún conocimiento de su llegada. Fuese quedamente a asomarse al jardín donde pensaba ver a Deruchette. Allí estaba, pero no sola. Con ella se hallaba un extranjero que la estrechaba en sus brazos, y ella parecía amarle. El pobre Gilliatt vio aquello y se marchó sin pronunciar palabra.

No puede describirse la alegría de Lethierry cuando al día siguiente vio salvada la preciosa máquina de la Durande. Parecía volverse loco. No sabía cómo agradecérselo a Gilliatt. El hombre que salvara la máquina tendría la mano de Deruchette; lo prometido era deuda y así se lo manifestó. Ignoraba, sin embargo, lo que Gilliatt había visto, y no comprendió cómo el joven pescador le respondió: “¡No!” Su tono fue conclusivo.

Poco después se casaba Deruchette con el hombre a quien Gilliatt había visto en el jardín. Embarcáronse en Saint-Sampson y hallándose sobre cubierta para dirigir el último adiós a la vieja ciudad, díjole la novia a su marido: ¡Mira! Parece que hay un hombre en lo alto de aquella roca.