La paciencia de Griselda


(Cuento narrado por el estudiante)

Hubo una vez un hidalgo de grandes méritos, pero entregado en cuerpo y alma a los placeres, a quien sus vasallos suplicaron se desposara cuanto antes a fin de que pudiese tener un heredero que le sucediera después de su muerte. Llamábase Gualterio, y era señor del noble país de Saluces, en Italia. No lejos de su palacio había una aldea por la cual pasaba el marqués todas las veces que salía de caza.

Entre los pobres habitantes de esta aldea se contaba un hombre llamado Janícula. que tenia una hija de la cual se decía que era “la más bella bajo el sol”. Esta humilde doncella, llamada Griselda, era tan obediente y trabajadora como hermosa. Varias veces, los ojos del marqués habíanse extasiado contemplándola; y, teniendo presentes en la memoria los deseos de sus vasallos, decidióse a hacerla su legítima esposa.

Había ya fijado el día de la boda, tal como aquellos deseaban, pero llegó la señalada fecha y, sin embargo, nadie conocía aún a la novia.

Lleváronse a cabo todos los preparativos para la ceremonia nupcial; confeccionáronse costosos vestidos, escogiéronse riquísimas joyas para engalanar a la que iba a ser la nueva señora del marquesado y repartiéronse numerosas invitaciones para la fiesta. Salió, por fin, del palacio el cortejo, a cuyo frente iba el marqués dirigiéndose en busca de la novia. Condujo el noble señor a su comitiva hacia la pequeña aldea que no lejos de su mansión se levantaba, y vio, al llegar a ella, a Griselda ocupadísima en los quehaceres domésticos, dándose prisa a terminarlos, para poder luego presenciar desde la puerta do su cabaña el paso del cortejo. En el preciso momento en que iba a sacalagua del pozo, detúvose el marqués ante la puerta y, llamándola por su nombre (lo que casi la hizo desmayarse), preguntóle dónde estaba su padre. Contestó Griselda que se hallaba dentro, y corrió a llamarlo. El marqués, después de conferenciar breves momentos con el padre, preguntó a Griselda si querría ser su esposa, obedeciéndolo en todo. Contestó Griselda manifestándole que no se creía digna de tanto honor, pero que, si ésta era su voluntad, estaba pronta a darle su mano y a obedecerlo. Entonces el marqués, tomándola de la mano, sacóla de la cabaña y dijo a sus vasallos:

-Ésta es mi esposa; honradla y amadla como me amáis a mí.

Pusieron inmediatamente a Griselda suntuosas vestiduras y, más hermosa que nunca, hízola el marqués montar en el precioso corcel que a prevención llevaba para ella, y la comitiva dirigióse al castillo, donde se celebraron las bodas y el festín.

Gualterio y su esposa vivieron felices durante algún tiempo, pues Griselda supo conquistarse las simpatías de cuantos en el marquesado y fuera de él la conocieron. Entóneos fue cuando Gualterio quiso poner a prueba su obediencia. Había tenido el matrimonio una hermosa niña, y un día dijo el marqués a su esposa que sus vasallos estaban disgustadísimos y que era ella la causa, porque no había tenido hijo varón. Obediente a los deseos de su esposo, permitió Griselda ser separada de su hijita, creyendo no volver a verla más. Después, cuando Dios les dio un hijo, tuvo que consentir también en separarse de él. Poco más tarde, el marqués, echándole en cara su humilde origen (a pesar de que su conducta era intachable, y hubiera podido enorgullecerse de ella cualquier persona destinada a ocupar una posición brillante en el mundo).dijole que era preciso volviese al hogar paterno, para que otra, con la cual iba a desposarse, pudiera ocupar su lugar. Y a esto, como a todo lo demás, sudo Griselda someterse.

Los vasallos, que la amaban de veras, indignáronse por la crueldad del marqués. Pero, cuando la nueva esposa vino pomposamente con su hermano de Bolonia, y los volubles vasallos vieron que era aún más joven y hermosa que Griselda, creyeron que el marqués había procedido bien.

La obediencia de Griselda iba a ser sometida a pruebas más duras todavía, pues mandóle el marqués que fuese a saludar a los recién llegados, porque únicamente ella sabía cómo se practicaban estas ceremonias. Así, pues, vestida con el humilde traje de aldeana, dirigióse al castillo para dar cumplimiento al mandato de su cruel señor. Y todos los invitados preguntábanse maravillados quién sería aquella humilde y bella señora que se hallaba al comente de semejantes honores y reverencias. Por fin, cuando la fiesta se hallaba en su apogeo, llamó el marqués a Griselda y en tono de broma preguntóla qué le parecía su nueva esposa.

-Muy bien, monseñor -le contestó ella-, elevaré mis preces al Altísimo para que le conceda todo género de prosperidades.

Y cuando Gualterio se convenció de que la paciencia de Griselda no tenía límites, su corazón se conmovió profundamente.

-¡Basta, Griselda! -exclamó-. Nada temas; ahora veo, amada esposa, tu constancia y tu firmeza.

Y abrazóla estrechamente y procuró consolarla, pues su aflicción era muy grande y legítima. Hízole saber que la nueva esposa a quien había ido a saludar era su propia hija, y que el joven que la acompañaba era también su hijo. Habíalos enviado a Bolonia, donde habían sido convenientemente educados con el mayor secreto. Vistióse entonces Griselda su mejor traje y engalanóse con sus más ricas joyas; hubo en el castillo une multitud de regocijos y la felicidad reinó como única soberana durante el resto de su vida.