Reinaldo, Godofredo y Tancredo entran finalmente a Jerusalén


Por fin, llegó el momento en que todo estaba preparado para el ataque final. La altísima torre, los arietes y otras máquinas fueron arrastrados hasta las murallas de Jerusalén, y muchos caballeros se proveyeron de altas escalas para subir a los muros. Los defensores de la ciudad resistieron desesperadamente, lanzando piedras, grandes trozos de leña y pez hirviendo sobre las huestes reunidas al pie de las murallas. Pero todos sus esfuerzos fueron vanos. El viento empujaba las llamas hacia sus propias obras de defensa, y el valor de los sitiadores era irresistible. En medio de la refriega Godofredo vio a san Miguel y a los espíritus celestiales combatiendo entre los cristianos. Además, la presencia de Reinaldo les daba a todos la seguridad de la victoria; y él fue el primero en poner los pies en la muralla, encaramándose en una alta escalera, y el primero también en llevar el horror de la batalla dentro de la ciudad. Godofredo, sosteniendo en sus manos el estandarte de los ejércitos cristianos, siguió detrás, pasando desde su torre a la muralla por medio de un puente. Tancredo venía en tercer lugar, sosteniendo la Cruz; y tras ellos, multitud de caballeros. Abriéronse de par en par las puertas de la ciudad, y el enemigo fue exterminado.

Jerusalén estaba libertada; y sólo por espacio de algún tiempo se resistieron el Sultán de Turquía y el anciano Rey en un viejo castillo. Godofredo volvió luego su brazo victorioso contra las huestes egipcias que se acercaban, y con las cuales venía Armida ardiendo en sed de venganza contra Reinaldo. Habiendo encontrado Argante, el campeón sarraceno, a Tancredo dentro de la ciudad, lo desafió a muerte para poner fin a su antigua enemistad; dirigiéronse ambos a un lugar solitario, y, después de furiosa lucha, cayó Argante mortalmente herido; Tan-credo, aunque vivo aún, yacía en el suelo pálido como un cadáver. En tal estado lo encontró Herminia, que tanto le había amado, y empezó a llorarle como a muerto; sus lágrimas y besos le volvieron a la vida, y ella, con ayuda de su escudero, vendó sus heridas y lo llevó a la ciudad para cuidarlo en su misma casa.

Muchos encontraron la muerte en los crueles combates de aquel día. Reinaldo se revolvía como un león contra el enemigo y mató no solamente al Sultán y al viejo tirano, sino también a los más valientes campeones de Armida. Ésta en persona le disparó varias flechas, mas deseando ardientemente que no lo tocaran, pues al volverle a ver había sentido que su amor era mucho más grande que su cólera.

Por último, llegó la noche de aquel día terrible y, con ella, la completa derrota de las huestes paganas. Armida, desesperada, huyó del campo cabalgando en un ligero corcel de batalla. Pero Reinaldo la persiguió y le dio alcance, cuando, fatigada y sin poder casi sostenerse, estaba a punto de quitarse la vida, y arrodillándose junto a ella, se ofreció como su campeón, su protector y su amante-

Entretanto, Godofredo se dirigió al Templo y, alzando sus brazos al cielo en acción de gracias, se abismó allí en oración profunda y fervorosa.