El joven capitán Edmundo Dantés


El velero de tres palos Faraón llegaba a Marsella procedente de Esmirna, al mando de Edmundo Dantés, su joven piloto, pues el capitán había fallecido durante el viaje. Queríale entrañablemente la tripulación, para la cual era más bien un hermano que un superior, y sus conocimientos eran tan perfectos en cuanto se relacionaba con su profesión, que el armador no titubeó un momento en nombrarle capitán del buque. Capitán a los diez y nueve años con el aumento de salario que este cargo trae aparejado, hallábase en condiciones de ser el sostén de su anciano padre, al propio tiempo que de llevar inmediatamente al altar a la ojinegra Mercedes, con la cual hacía ya tres años sostenía relaciones amorosas.

Dado el natural franco y expansivo de Edmundo Dantés, jamás llegó el joven a sospechar que pudiera tener adversarios; pero lo que él inocentemente consideraba como su buena estrella, fue causa de que se creara enemigos. El sobrecargo del Faraón, llamado Danglars, dominado por la envidia, deseaba tomar el mando del buque, a fin de poderse dedicar, con más libertad, a un comercio ilícito. Fernando, pescador español y primo segundo de Mercedes, estaba locamente enamorado de la hermosa muchacha y odiaba a Edmundo porque había sido el preferido por ella. En estos dos tenía Edmundo sobrados enemigos, pero él, que no podía sospecharlo siquiera., los contó entre el número de sus amigos. Acontecía esto en mía época de grandes revueltas políticas. Napoleón I, que había sido el arbitro de los destinos de Europa, acababa de abdicar la corona y volvía a conspirar en la pequeña isla de Elba, situada entre Córcega, su país natal, y la costa de Italia, para empuñar de nuevo su perdido cetro y recobrar su imperio. Ocupaba entonces el trono francés Luis XVIII, hermano menor de Luis XVI, el monarca que fue guillotinado durante la revolución, en 1793. No estaba la nación satisfecha del todo con su gobierno; y, como era natural, así los viejos veteranos que habían tomado parte en las grandes guerras napoleónicas, como todos los partidarios de un gran imperio francés, deseaban ardientemente el regreso de Napoleón.

Lo único que bastaba en aquella época para encerrar a un hombre en mía mazmorra, era denunciarlo al fiscal del rey como conspirador por haber tomado parte en algún complot encaminado a la restauración del usurpador, como llamaban a Napoleón los partidarios del rey Luis XVIII. Edmundo Dantés, enteramente inocente por su parte, se había hecho sospechoso de hallarse en tratos con el gran mariscal de Napoleón en la isla de Elba, pues, obedeciendo las últimas instrucciones del difunto capitán, el fiel piloto había visitado dicha isla en el curso de su viaje; y desembarcando en ella solo, recibió del gran mariscal un pliego importante que debía entregar personalmente a un personaje de París.

Por esta causa iba Edmundo a apresurar la boda y a emprender, inmediatamente después de terminada la ceremonia, una excursión a la capital de Francia, en donde entregaría la carta que se le había confiado.