LA CRUZ DEL SUR


Es la Cruz del Sur, también llamada Crucero, una de las más bellas constelaciones del cielo austral. Su esplendor debió impresionar, sin duda alguna, a los primitivos habitantes del suelo americano, quienes la utilizaron como guía y término de referencia en sus viajes.

Los indios mocovíes, que la denominaron Amanic, esto es, avestruz, tienen acerca de su origen una hermosa leyenda que reza así:

Hubo hace muchos años un cacique mocovi, considerado el más grande cazador del Chaco; ningún animal escapaba a sus certeras flechas, y su agilidad y destreza en el uso de las boleadoras eran tales que le permitían cazar, sin el menor esfuerzo, cuanto se le ocurría.

Una tarde en que había salido a cazar acompañado por su hijo, a quien estaba adiestrando en el manejo de las armas y en las mil astucias de que ha de valerse el cazador para poder apoderarse de sus presas, divisó un hermoso ejemplar de avestruz, el más grande que había contemplado en sus muchos años de correrías.

Sin pérdida de tiempo se lanzó a la persecución, pidiendo a su hijo que le aguardase en aquel mismo sitio, pues no tardaría en volver, y demoraría solamente el tiempo necesario para dar caza a aquel gigantesco amante. Pero por más empeño que puso en bolearlo, el animal se le escurría siempre de entre las manos cuando más seguro estaba de apresarlo. ¡Parecía cosa de brujería!

Herido en su amor propio de cazador jamás burlado por presa alguna, el cacique reanudó la tenaz persecución, que lo fue alejando cada vez más del lugar en que su hijo lo esperaba, ansioso de festejar su victoria, y ante quien no quería regresar con las manos vacías, pues ello equivaldría a perder, sin duda, la filial admiración.

El amanic huía raudo y luego, en son de desafío, se detenía como esperándolo, para arrancar en veloz carrera apenas la aproximación del cazador ponía en peligro su vida. Otras veces, con rápidos esguinces, salvaba el peligro de un certero tiro de bolas.

Así anduvieron largo tiempo, el uno huyendo veloz, el otro persiguiendo tenaz, hasta que llegaron al horizonte -allí se acababa para el mocoví la tierra- donde, ante los ojos atónitos del cazador, que ya creía tener segura su presa, el amanic, en lugar de dejarse cazar o de precipitarse al vacío, de un poderoso salto ascendió por el firmamento, donde se detuvo fuera del alcance de su perseguidor.

El indio, que no quiso aceptar aquel fracaso impropio de su condición y fama de cazador infalible, quedóse allí esperando que bajara, y en tal espera lo halló la muerte. El amanic, en cambio, se convirtió en esa constelación de radiante esplendor que nosotros conocemos con el nombre de Cruz del Sur.


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