Un minuto memorable en la historia de la navegación aérea


Llegado el momento, Santos Dumont, en el puesto de comando del 14-Bis, hizo una señal; el motor comenzó a andar con su clásico ronquido, y la hélice giró velozmente. Enorme emoción se apodera de los espectadores, que perciben la vibración de las alas del pájaro mecánico. Después, las ruedas del avión empiezan a andar. “Y he aquí -comenta el reportero del diario francés Le Petit Journal al día siguiente de la prueba-que las dos ruedas ya no tocan el suelo; he aquí que se hallan a diez, a veinte, a treinta, a cincuenta centímetros, después a un metro, a dos... y el aeroplano vuela aún. Se ve su elegante silueta toda blanca trazar un grácil arco de círculo hacia la izquierda, luego descender y tocar tierra”.

Clamores y gritos, exclamaciones entusiastas: Santos Dumont, cercado por el público, busca al señor Archdeacon y le pregunta con ansiedad:

-¿Gané? ¿Gané el premio?

La semilla de la aviación estaba sembrada. Aquella victoria probaba la posibilidad de volar que tenía el hombre. Los sesenta metros recorridos en vuelo por el 14-Bis eran los tramos iniciales de un fantástico camino que desbordaría los límites de la atmósfera terrestre e invadiría el espacio sideral. Aquel primer trayecto aéreo iba a perdurar como un minuto memorable en la historia de la navegación aérea.

Nuevos aviones fueron construidos por Santos Dumont en busca de un mayor perfeccionamiento. El número 20, que recibió el nombre de Demoiselle, porque sus alas eran brillantes y transparentes como las de la libélula, fue el más popular de los aeroplanos. Con él cumplió Santos Dumont nuevas hazañas, entre las que citaremos extensos vuelos a través de Francia y la conquista de sucesivas marcas de velocidad.

Después de tan emocionantes peripecias, el famoso aeronauta se resolvió a descansar, y tornó a su patria.