La segunda parte del Quijote, corona magistral de la obra cervantina


Se cree que Cervantes apresuró la terminación de la segunda parte de su obra inmortal ante la divulgación del falso “Quijote”, de Avellaneda, aparecido en el año 1615.

En la primera parte, las aventuras se suceden sin que el Caballero de la Triste Figura, ante la evidencia de sus descalabros, acepte reconocer su error; tanto es así, que para él los molinos son gigantes; los borregos, ejércitos, y las ventas, castillos. Que Sancho y otros personajes no se den cuenta cabal de la realidad se debe a su natural ignorancia, que no les permite alcanzar el conocimiento de la ciencia caballeresca o los maleficios de los encantadores, sus enemigos invisibles. Pero en la segunda parte del Quijote es cuando el Caballero Andante comienza a recorrer el largo camino del desengaño, más triste y amargo que las anteriores derrotas. Por la persuasión de Sancho Panza empieza la desilusión de Don Quijote, quien no demuestra aceptarla al ver a su princesa Dulcinea convertida en una tosca labradora. Entonces es víctima de la burla cruel de los duques y de los señoritos, que sacian así su frívolo placer. Huye del campo de batalla en la aventura del rebuzno. Sancho se le insubordina y se atreve hasta maltratarlo. La desilusión ha hecho presa en él.

Al agotarse su fe entra la cordura, y con ella la muerte. Corona sus hazañas imaginadas con la más grande de todas las hazañas reales: la de vencerse a sí mismo. Entonces nos revela Cervantes la realidad moral, la verdadera significación de su héroe. Loco o cuerdo, el hidalgo de la Mancha es, ante todo, encarnación de la bondad. Alonso Quijano enseña que ni en el desenfreno de su locura ha hecho, a sabiendas, mal a nadie.

No es menos emocionante la transformación de Sancho. A pesar de sus bellaquerías, que muestran a lo vivo su naturaleza de rústico -la farsa del encantamiento de Dulcinea-, se salva el escudero fiel por la honradez natural que resplandece en la intachable conducta de su gobierno, del que sale desnudo como entró, y ese querer reanimar los ideales de su señor cuando lo ve presa del desaliento.

En la magistral coronación de su obra, Cervantes quiso plasmar la estrecha fraternidad que unía a la extraña pareja: el noble caballero loco que vivía para defender sus puros ideales, y el rústico hombre del pueblo para quien la vida no tenía más horizonte que el de la satisfacción de las necesidades más inmediatas.

En la hora de la verdad desnuda y suprema, en que el alma se enfrenta a Dios, recobrado el juicio a las puertas de la muerte, le hace decir a Don Quijote: “y si estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merecen”. Añadiendo: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo haciéndote caer en el error en que yo he caído”. A lo cual Sancho responde, alentando a su señor a que no se muera y persista en la consecución de sus ideales, con palabras, como todas las suyas, cargadas de sensatez, pero que muestran hasta qué extremo se ha identificado con la vida de su señor, sin la cual la suya carecerá ya de sentido. Así cierra Cervantes en una página de conmovedora emoción y melancolía la singular historia del “hidalgo loco”.