LA ULTIMA LUCHA EN EL COLISEO


Cuando la soberbia Roma reinaba en todo el mundo y el emperador vivía en un palacio de mármol blanco o en una casa de oro puro, el Coliseo era el mayor teatro conocido en toda la tierra.

Álzase hoy todavía, deteriorado y ruinoso. En los tristes días en que Roma sacrificaba, fuera de sus muros, a los apóstoles Pedro y Pablo, el pequeño grupo de los cristianos ocultóse en los grandes subterráneos, a fin de salvarse de los tormentos y de la muerte. Aun hoy podemos pasear por las catacumbas, solemnes e impresionantes, en las cuales los primeros discípulos de Jesús se escondieron huyendo de Nerón, el monstruo que vivió en casa de oro dentro de la ciudad imperial.

En aquellos días ominosos, el grande, blanco y elevado Coliseo, con sus varios pisos y sus grandes galerías interiores que podían contener 40.000 espectadores, presentaba un espectáculo magnífico. Todo Roma iba al circo para presenciar la lucha de las fieras y contemplar cómo se destrozaban entre sí. A él acudían los gladiadores hombres de complexión robusta] diestros en luchar unos contra otros hasta que el contrario caía muerto.! A las arenas del Coliseo eran arrojados vivos los cristianos para servir de comida a los leones, cuando se celebraba una festividad, romana. No hay! lugar en el mundo que haya presenciado espectáculos tan crueles como el circo romano.

Pero él Cristianismo fue abriéndose paso, poco a poco, hasta que el mismo emperador se hizo cristiano. Entonces fue! cuando cesaron tan vergonzosas exhibiciones, y el Coliseo se convirtió sencillamente en circo. El pueblo, ¡sin embargo, ansiaba presenciar los! antiguos espectáculos y aun a veces parecía que de nuevo se enseñoreaba; de él aquella antigua vesania. Los cristianos se habían hecho más y ¡más poderosos durante 400 años, cuando llegó un día de terrible prueba ¡para Roma. Alarico, rey de los godos, presentóse amenazador ante las puertas de la ciudad de los Césares, la cual, por tener entonces como monarca a un pobre niño loco, hubiera caído, de no haber sido por un: valiente general y sus soldados, quienes obligaron a los bárbaros a huir de la capital.

Fue tal el regocijo que reinó en Roma aquel día, que la gente acudió en tropel al Coliseo, dando vivas al bravo general vencedor. Hubo una gran cacería de fieras y celebróse un magnífico espectáculo, como los que se daban en otros tiempos. Súbitamente, de uno de los estrechos corredores que conducían a la pista, salió un gladiador con lanzas y espadas. La alegría de los espectadores no conoció límites.

Pocos momentos después, otro espectáculo singularísimo llamó la atención de todos los circunstantes. Un anciano, descubierta la cabeza y descalzo, se adelantó en medio de la arena, suplicando al pueblo que impidiese el derramamiento de sangre. Al oír semejante súplica, la multitud comenzó a gritar, diciéndole que acabase el sermón y se marchara inmediatamente. Adelantáronse los gladiadores y obligáronle a apartarse, pero el noble viejecito se puso de nuevo entre ellos. Esta actitud provocó una lluvia de piedras que arrojaron airados los espectadores sobre el pobre anciano, quien, herido al propio tiempo por los gladiadores, expiró en presencia de todo Roma.

Era este anciano un ermitaño llamado Telémaco, uno de aquellos santos varones que, cansado de las crueldades del mundo, se había retirado a vivir en las montañas. Hallándose en Roma, con objeto de visitar los sagrados altares, había visto a las multitudes acudir en tropel al Coliseo y, compadecido de su crueldad, resolvió morir o impedir el espectáculo.

Murió, es cierto, pero la semilla estaba ya arrojada; todo lo mejor que había en Roma se conmovió profundamente a la vista del buen ermitaño asesinado en medio de la arena, y desde aquel día memorable no hubo ya más espectáculos sangrientos en el gran teatro. Esta lucha de gladiadores fue la última que presenció el famoso Coliseo romano.