Reynard habla de un tesoro


Cuando, al fin, fue conducido a la corte el zorro Reynard, aparecieron contra él tantos testigos, que se le condenó a muerte. A punto ya de ser ejecutado, pidió que se le permitiese hacer una confesión de todas sus culpas, de las cuales se sentía verdaderamente arrepentido; y en el curso de la confesión dijo algo que llamó poderosamente la atención del rey.

-Mi señor rey -declaró el zorro-, en Flandes hay un espeso bosque junto a un río, y en él tengo yo oculto un gran tesoro... dinero, alhajas, piedras preciosas... Me siento como obligado a darle a Vuestra Majestad este tesoro; quizás de este modo se acordará Vuestra Majestad de Reynard, su más fiel súbdito.

Los animales que habían acusado al zorro empezaron a sentir viva inquietud, porque el rey León, en cuanto se enteró del lugar exacto donde se suponía estar oculto el tesoro, perdonó al zorro y aun le hizo noble.

-Oídme, nobles caballeros -dijo el rey-: desde hoy el señor Reynard es uno de los principales oficiales de mi corte, y os mando a todos, so pena de muerte, le mostréis la mayor reverencia en todo tiempo y en todos los lugares.

Entonces el zorro solicitó permiso para hacer una peregrinación a Roma, y salió con rumbo a esta ciudad acompañado de sus enemigos, la liebre y el carnero, convertidos, aunque contra su voluntad, en sus humildes siervos.

No tardó la comitiva en llegar a la casa de Reynard; el zorro rogó a Berlín, el carnero, que aguardase afuera, mientras Kayward, la liebre, entraba en. ella para presenciar el encuentro de Reynard con su familia.

No bien hubo entrado la liebre, fue muerta y comida; después de lo cual salió el zorro y dio un saco al carnero para que lo llevara al rey.

-¿En dónde está Kayward? -preguntó Berlín.

-¡Oh! Está conversando con su tía. Ella me ha insistido en que sigáis, pues no tardará en daros alcance.

El carnero entregó el saco al rey.

-Majestad -dijo-, he aquí un presente del caballero Reynard, que se detuvo unas cuantas horas en su castillo antes de proseguir el camino a Roma.

-Abre tú mismo el paquete -dijo el rey al carnero-; veamos cuál es el presente del noble Reynard.

Abierto el saco, cayó la cabeza de la pobre liebre.

-¡Ah, infeliz monarca, que siempre he de dar crédito al astuto y traidor zorro!


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